Parte 8: Reunión de estanqueros.

Ese viernes, al acabar la jornada laboral, la estanquera Galia recibió a unos colegas estanqueros, Rosendo, un tipo de aspecto relajado, algo regordete, casi sesentón; Ágata, de unos cincuenta años y Cómoda, de alrededor de treinta y cinco años. A Ágata la acompañaba si hija Naira, una chica de diecisiete años, seguramente futura heredera del estanco de su madre. Mientras Almudena recogía se sirvieron unos cafés, se sentaron y Galia, Cómoda y Naira encendieron cigarrillos para disfrutar de una agradable charla, desplegando sus cajetillas y mecheros sobre la mesa. Cómoda era una rubia, quizá no natural, guapa y con buen tipo que fumaba con estilo y satisfacción, con gestos deliberados y poco mecánicos que podían hacer pensar que no fumaba tanto, pero daba caladas abundantes. Sus chorros de humo eran coherentes y con fuerza, impulsados por pulmones que aun no parecían acusar importantes daños. Naira no se cortaba de fumar delante de su madre pero quizá por esa compañía fumaba con gestos algo solemnes.

– ¿Por que no te sientas un con nosotras?– invitó Ágata a Almudena.

– Vale, acabo y me siento.

Mientras terminaba Almudena no dejó de ver como fumaban las tres mujeres y su aire satisfecho le dio envidia. Se acordó del Vegafina que tenía esperando desde hacía meses entre sus cosas en la trastienda y le apeteció muchísimo fumarlo. “Venga, por que no”, pensó.

Fue a por su puro y se sentó con las tres mujeres. Al verla llegar con el puro, tras tantos meses, Galia le sonrió con complicidad. Almudena se encendió el puro ante la mirada algo sorprendida de los visitantes, que dada su profesión no dejaban de ver con simpatía el gesto.

Se pusieron a hablar de la reciente entrada en vigor de la nueva ley anti-tabaco, que prohibía fumar en bares y en todos los lugares públicos cerrados.

– No creo que puedan mantenerla- opinó Cómoda mientras se le escapaban unas volutas de su última calada, antes de echar un hermoso chorro de humo- todos los fumadores andan furiosos y se va a notar en las elecciones. En cuanto Rajoy gane las elecciones retirará la ley.

– La gente no está tan molesta – le contradijo Rosendo- antes de enero los fumadores si que se quejaban y parecía que iba a ser imposible aplicar la ley, pero se está cumpliendo y parece que la gente lo va asumiendo.

Mientras se desarrollaba la charla Almudena iba dando lentas chupadas a su cigarro, saboreaba el humo con detenimiento y expulsaba densas nubes de humo. Estaba disfrutando su reencuentro con el tabaco. El olor del humo del puro se imponía sobre el de los cigarrillos.

– Esta chica me está dando envidia- protestó jocosamente Rosendo refiriéndose a Almudena- Galia ¿Me vendes un puro?

– Sírvete.

Al poco Rosendo volvió con un Fonseca Delicias y se lo encendió con el mechero de Cómoda.

– No sabía que fumaras- le dijo Ágata.

– Solo fumo un puro en ocasiones especiales.

– Estos estanqueros que no fuman...– bromeó Naira, dirigiéndo el dardo sobre todo a su madre, que no fumaba.

Ágata comentó que las prohibiciones, a la larga, podían ir haciendo desaparecer “la cultura del tabaco”, perdiéndose los ritos de sociabilidad del tabaco y las ventajas sociales que se venían atribuyendo al fumar. Comentó que iba a montar un club de fumadores en un local contíguo al estanco y estaba segura de que los fumadores, expulsados de bares y cafeterías a la intemperie, acudirían en tropel.

Cómoda, más maquiavélica, dijo que para ella la clave era que hubiera relevo generacional.

– Los que fuman en su mayoría seguirán fumando, pero entre la gente jóven se nota que hay menos fumadores- opinó. Explicó que en su estanco iba a poner imágenes de gente fumando, actores de cine y otros personajes atractivos, y también un expositor de golosinas y otro para revistas juveniles, para que los adolescentes se acostumbraran a ir al estanco y percibieran el tabaco como algo normal, “No como una cosa terrible y rarísima como pretenden los prohibicionistas”.

Ágata movíó la cabeza algo dubitativa ante el proyecto de Cómoda, Galia lo sopesó en silencio mientras daba una lenta calada a su cigarrillo y Naira asintió con aprobación.

– ¡Que maquiavélica! – comentó Rosendo socarronamente.

Cómoda se encogió de hombros.

– Hay que hacer algo para que no se impongan los prohibicionistas, hay que evitar que fumar se convierta en algo mal visto y raro.

– A mi me parece que haces muy bien- le dijo Naira- Los fumadores somos pocos en el instituto y antes no era así ¿no? Yo, en cuanto puedo, convenzo a alguna amiga o a cualquier compañero de que lo pruebe y les animo a fumar. Ya conseguí que unos cuantos empezasen a fumar y tengo unas amigas fumadoras que me están ayudando.

– Las hermanas Gutiérrez- intervino Ágata entre divertida y algo avergonzada por las actividades en favor del tabaco de su hija.

– Si. La que es amiga amiga es Pandora. Sus padres fuman y su hermana Rosario también, Sibila solo está empezando.

– Tienen diecisiete, quince y catorce años- explicó Ágata a los concurrentes, que escuchaban con interés y cierto morbo las calaveradas de Naira- Los padres fuman y son tremendamente permisivos con el tema tabaco.

– ¿Y que hacéis exactamente? – preguntó Cómoda con curiosidad.

– Bueno, todas animamos a fumar a nuestros compañeros cuando tenemos oportunidad, sobre todo a quienes son más populares y marcan tendencia. Y luego tenemos un sistema, “el numerito” le llamamos. Alguna vez que tenemos alguna compañera en casa, para hacer algún trabajo por ejemplo, voy yo a casa de las Gutiérrez o vienen ellas a la mía. Las que puedan se hacen pasar por no fumadoras, o sea, imagínate.... Pandora lleva una amiga a su casa a hacer los deberes, después de que acaban se reunen con las hermanas y me presento yo. Las que la invitada sabe que fumamos nos ponemos a fumar y las que la invitada no sabe que fuman empiezan a decir que nunca han fumado. Las que estén fumando les decimos que si quieren probar y les animamos un poco e incluimos a la invitada en la invitación y, si hay suerte, acabamos fumando todas.

– ¡Vaya! ¿Y os funciona el truco? – preguntó Rosendo.

– Ya hemos hecho alguna fumadora así- afirmó orgullosa Naira- y tenemos algún truquito más.

– Compañeras para echar un pitillo juntas y futuras clientes del estanco- comentó Cómoda divertida.

Naira asintió contenta echando un buen chorro de humo triunfalmente, ante la mirada ligeramente abochornada de su madre, que trató de cambiar de tema.

– Esto... Almudena ¿Que piensas de la ley anti-tabaco?

– Pues... bueno, yo no fumo así que no la veo tan mal – explicó Almudena puro en ristre. Viendo que con aquel auditorio lo que había dicho no caería muy bien, matizó – Aunque deberían mantenerse sitios donde si se pueda fumar. El tabaco es parte de nuestra cultura, hace siglos que se fuma en Europa y miles de años que se fuma en América. Hay una cultura del tabaco que también es un patrimonio cultural, un patrimonio inmaterial más bien, aunque también algo material. Es como todos esos diseños preciosos de las cajas de puros, todo lo relacionado con el cultivo y el secado del tabaco, los aromas, los ritos y protocolos sociales... todas esas cosas. Es una lástima que pueda perderse aunque también haya que tener en cuenta la salud de la gente.

– En los 70 y en los 80 el tabaco estaba en todas partes- intervino Ágata- y toda la vida social pasaba por el tabaco. En ciertas franjas de edad y grupos sociales el rollo no era si fumabas o no si no que fumabas, eso era una parte importantísima de la imagen. Negro, rubio, Celtas, Winston, incluso puros y pipa... en los bares, con nubes espesas de humo, en los colegios, en la universidad por supuesto, hasta en las aulas, en la tele. Los adolescentes empezaban a fumar y fumaban con aire de señores, muy experto, dejando muy claro que ya eran mayores. Para una chica jóven fumar era sinónimo de ser moderna.

– De todo eso va a quedar poco, queda poco y va a quedar menos- dijo Rosendo.

– Si.

– ¿Entonces tu no eras una chica moderna?– le preguntó Naira a su madre con sorna.

– Yo era una chica muy moderna y algo si que fumaba.

– ¿En serio?

– Lo suficiente para que se notara la modernez, pero no me adentré mucho en el vicio antes de dejarlo.

Naira quedó pensativa imaginando como sería si su madre hubiera seguido fumando o en como sería fumar con su madre adolescente.

– Seguramente debamos cuidar más el aspecto de nuestros negocios- comentó Galia- con estas leyes parece que quieran hacer del tabaco una cosa un poco marginal así que tenemos que esforzarnos en hacer ver que no lo es. Por eso les he puesto un uniforme bonito a las chicas, para darle más cara al negocio.

– ¿Que te parece el uniforme? – Le preguntó Cómoda a Almudena.

– Me gusta, es un traje-chaqueta con estilo.

– La cosa es marcar la idea de que fumar es un hábito normal, sociable y agradable, incluso una tradición, una cultura como dice Almudena- explicó Galia.

Siguieron charlando y fumando animadamente. Ágata llamó la atención de su hija Naira cuando esta intentó encenderse un tercer cigarrillo, sintiéndose respaldada por el ambiente. Al poco de acabar sus puros Almudena y Rosendo, nuestra protagonista se dio cuenta de que se le hacía tarde y anunció que se iba. Eso sirvió de toque de campana para que todos decidieran dar por terminado el conciliábulo. Almudena quedó satisfecha de su reencuentro con el tabaco.

CW: smoking fetish, capnolagnia.

Este relato no pretende ser una apología del tabaquismo ni una negación de sus indudables efectos tóxicos y adictivos, ni del lógico derecho a disfrutar de ambientes libres de humo. La única intención de este cuento es lúdica, es un relato que juega con la #capnolagnia, el fetichismo del tabaco (#smokingfetish) o fetichismo de #fumadoras, y sus descripciones de la experiencia tabaquista y sus consecuencias no son necesariamente realistas.

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