Abriendo caminos

Relato ficticio sobre la vida de una joven y su relación con el tabaco. CW: smoking fetish.

La familia de Almudena solía andar algo justa de dinero, por eso Almudena, con dieciseis años, tenía ganas de ganar algo de dinero, con algún trabajito de pocas horas que pudiera compatibilizar con sus estudios. Sentía remordimientos cuando tenía que pedir dinero a sus padres para ropa, libros y otros gastos, a pesar de que en realidad tampoco eran tantos gastos porque Almudena era una chica formal, austera y centrada en los estudios, una chica responsable que no asumía el modo de vida consumista e impulsivo que la publicidad predica a los adolescentes. Por eso cuando tras acabar el curso Galia, una conocida de sus padres supo de su disposición a trabajar y le ofreció un contrato a tiempo parcial para cubrir los meses de verano durante las vacaciones de su dependienta habitual y alguna semana más, para que Galia y su marido pudieran coger alternativamente algunos días libres, Almudena aceptó encantada.

El negocio era un estanco. Galia le explicó que precisamente era el día de más movimiento.

-Es una lata abrir los sábados por la tarde pero precisamente es cuando se vende más. Entre que la mayoría de los estancos están cerrados, que la gente no quiere quedarse sin tabaco el domingo y los que compran para salir por la noche, son tardes muy movidas.

-Son muchísimas marcas- comentó Almudena algo impresionada viendo las estanterías del estanco- parece difícil acordarse de donde está cada cosa.

-No te preocupes, hay unas pocas marcas que fuma la mayoría de la gente y pronto sabrás donde están. Como los que piden marcas raras son pocos no importa tanto tardar un poco en buscarlas, vete echando un vistazo a las estanterías... Mmm ¿Tu fumas?

-No- respondió Almudena escuetamente.

-A mi me lo puedes decir- le explicó Galía con un significativo movimiento de la mano mostrando su estanco- y no se lo voy a decir a nadie.

-No, es que no fumo.

-Haces bien.

Era cierto, Almudena no fumaba. En realidad ni lo había probado, sus padres no fumaban y tampoco sus amigas cercanas, por lo que su contacto con el fenómeno del tabaco era escaso. Las marcas de tabaco que conocía eran más que nada las que había visto empezar a fumar a algunos compañeros de colegio. Ni siquiera tenía muy claro porque había cajetillas de la misma marca pero de distintos colores.

Empezó a trabajar y la mayor dificultad que encontró fue, más que la variedad del producto, el trato con toda clase de público, toda una prueba para una adolescente media, y los momentos en que se sentía apurada por acumularse los clientes esperando su turno.

-No te preocupes por eso- le recomendó Galia al final de la primera tarde, ya con la persiana medio bajada- si hay mucha gente no hay más remedio que los clientes esperen su turno, no se gana nada poniéndose nerviosa, en momentos de más gente simplemente mantente en actividad pero sin acelerarte. Si alguien pone cara de impaciencia no hagas el menor caso.

En las siguientes jornadas de trabajo Almudena pronto dominó la situación de las marcas de cigarrillos, picadura e incluso de los puros. Tal y como le había adelantado Galia, la mayoría de la gente consumía unas pocas marcas de cigarrillos o de tabaco de liar, pero había una minoría que pedían cigarrillos o picaduras menos habituales y puros. Almudena vio que entre los clientes había gran cantidad de fumadores bastante dañados por el tabaco, los que compraban más cantidad, entre los que era habitual la piel grisacea, los ojos hinchados, los dientes manchados y toses grimosas. Luego había otros fumadores que hacían compras más moderadas e infrecuentes que tenían mejor aspecto y que a Almudena le daba la sensación de que eran personas con más vitalidad y más alegres.

La gran mayoría de los compradores tenían muy claro lo que querían comprar, pero en alguna ocasión alguien le hacía alguna consulta sobre si tal marca o tal otra era más suave o si tenía más o menos calidad o incluso que cual marca era más “natural”. Aquellas consultas suponían un pequeño apuro para Almudena, por su sentido de la responsabilidad le avergonzaba no poder responder adecuadamente las consultas de los clientes. Tratando de cubrir esa carencia se esforzó en aprender los niveles de nicotina y alquitrán de cada marca, preguntaba a Galia e incluso buscó alguna información en internet sobre aditivos y composiciones de los cigarrillos, pero muchas veces no tenía más remedio de responder a las consultas diciendo que lo sentía pero que no sabía lo que le preguntaran, que ella no fumaba. Tras el verano, al empezar de nuevo las clases siguó trabajando los sábados en el estanco, cuando la dependienta habitual libraba, que precisamente era el día de más movimiento.

Almudena tenía el proyecto de intentar participar en la “Ruta Viracocha”, un proyecto educativo en el que se llevaba a un grupo de jóvenes de diferentes países de viaje de estudios por varios países iberoamericanos para experimentar la herencia cultural común de los países hispánicos. Conocía a una chica tres años mayor que ella que había participado y que habiendo quedado muy satisfecha le recomendaba que también participara. Para participar había que presentar un trabajo ensayístico o artístico sobre algún tema ligado a la historia de América latina y que este resultase clasificado entre los mejores. Pero no le resultaba fácil dar con un tema interesante y que no hubiera sido ya muy tratado por anteriores participantes en la Ruta Viracocha. Un día comentó ese pequeño problema con Galia.

-Y si hicieras ese trabajo sobre el tabaco- le sugirió Galia un rato más tarde.

-¿Que trabajo?

-El de la Ruta Viracocha. El tabaco viene de América, era una costumbre de los indios que imitaron los españoles y llevaron al resto del mundo. Se creó toda una cultura del tabaco. Claro que a lo mejor no es un tema válido por toda esa manía anti tabaco.

Almudena le dio algunas vueltas a la idea. Viendo los símbolos y diseños de las cajas de puros ya sospechaba que debía de haber toda una historia del tabaco. Le gustaban aquellos bonitos dibujos antiguos de las cajas de puros. Además los mejores puros venían de América, de Cuba y también de otros países, por lo que toda aquella tradición estaba muy relacionada con Latinoamérica, y eso sin hablar del tabaco rubio estadounidense, aunque Almudena sospechaba que no encajarían tan bien en el tema. Finalmente Almudena decidió que era buena idea hacer su trabajo de aspirante a la Ruta Viracocha sobre la historia del tabaco, un tema algo arriesgado, porque podrían pensar que no era adecuado para una especie de trabajo escolar, pero que por ser algo distinto también podía darle más puntos.

Empezó a juntar y estudiar bibliografía y todo tipo de información sobre la historia del tabaco en América y en España, información en la que se hablaba más de puros que de cigarrillos, tabaco de pipa o rapé. Durante semanas fue adentrándose en el conocimiento de un mundo que había empezado a conocer en el estanco.

Un sábado al mediodía, ya cerrando el estanco, Almudena comentaba con Galia algunos detalles curiosas que había conocido preparando su trabajo sobre el tabaco. Dejó el tema y se quedó pensativa mientras Galia cerraba el ordenador.

-Debería probar el tabaco- dijo finalmente interrumpiendo su reflexión, para sorpresa de Galia.

-¿Como?

-Creo que es bastante raro vender algo que no se conoce, nunca he probado a fumar.

-Oh, no te preocupes, hay muchos estanqueros que no fuman y no les hace ninguna falta ¿Nunca has fumado un pitillo?

-No. Así que no se que es lo que tiene el fumar.

-Bueno, fumar no es gran cosa, en realidad ni sabe bien pero se fuman unos cuantos pitillos y ya te aparecen las ganas de fumar- explicó Galia, que era una fumadora muy moderada- El vicio consiste en eso. Luego están los puros claro.

-¿Fumar puros es distinto?

-Yo no soy una experta, lo mío son los cigarrillos, los puros me parecen...excesivos, pero los fumadores de puros dicen que son otra cosa, más interesantes que los cigarrillos.

-Por lo que he leído debe ser cierto.

-Me parece que de tanto leer sobre tabaco te ha dado curiosidad.

Dejaron el tema. Galia estaba un poco incómoda, para ella nada hubiera sido más fácil que invitar a Almudena a su primer cigarrillo, en el fondo pensaba que el que una chica de dieciséis fumara un cigarrillo, o incluso que empezara a fumar, era de lo más normal, pero conociendo a los padres de Almudena le pareció que quedaría fatal si a resultas de trabajar con ella Almudena saliera convertida en fumadora.

CW: smoking fetish, capnolagnia.

Este relato no pretende ser una apología del tabaquismo ni una negación de sus indudables efectos tóxicos y adictivos, ni del lógico derecho a disfrutar de ambientes libres de humo. La única intención de este cuento es lúdica, es un relato que juega con la #capnolagnia, el fetichismo del tabaco (#smokingfetish) o fetichismo de #fumadoras, y sus descripciones de la experiencia tabaquista y sus consecuencias no son necesariamente realistas.

sigfrido@gmx.es

Una tarde de viernes Galia recibió la visita de una amiga fumadora. Galia no acostumbraba fumar en horas de trabajo pero en esa ocasión salió a la calle a fumar con su amiga junto a la máquina de café que tenían empotrada en el escaparate del estanco. Ya confiaba lo suficiente en Almudena como para dejarla un rato sola atendiendo el estanco. Viendo a su jefa fumar Almudena reflexionó un poco, entre cliente y cliente, sobre su idea de si debía probar el tabaco. Más tarde, cerca ya de la hora de cerrar, en un momento en que estaban menos ajetreados al estar Vicente, el marido de Galia, echándoles una mano, Almudena le comentó:

-Galia, querría ver como es fumar ¿Me invitas luego a un pitillo?

Galia se quedó bloqueada, realmente no sabía que contestar.

-Ya vi que has estado leyendo sobre la historia del tabaco- intervino Vicente. -Si. -Pues si lo que quieres es saber de verdad lo que es el tabaco, tal y como se ha fumado siempre y no como un derivado industrial, deberías fumar un puro y no un cigarrillo.

Almudena y Galia se quedaron sorprendidas por lo que parecía una proposición. Galia iba a protestar por lo que le parecía una extravagancia de su marido pero se le ocurrió que en realidad no era mala idea, mejor que Almudena fumara un puro que un cigarrillo, así sería menos probable que la experiencia fuera el inicio de un hábito. Almudena no estaba segura de si Vicente le había hecho un comentario casual o una oferta en firme.

-Puedes fumar un puro cuando cerremos si quieres. Yo te explico la técnica. -Vale- aceptó Almudena. Había pensado en fumar un cigarrillo porque le parecía lo más sencillo y normal, pero realmente en sus lecturas sobre la historia del tabaco había mucho más sobre el cigarro que sobre el cigarrillo por lo que un puro satisfaría estupendamente su curiosidad, y si le ponían fácil fumar un cigarro le parecía más práctico aceptar la invitación en vez de insistir con el cigarrillo.

Acabó la jornada de trabajo y bajaron la persiana metálica. Vicente sacó un robusto de Vega Fina para la chica y él se escogió un Flor de Cano.

-Realmente si quieres aprender sobre el tabaco es mejor que fumes un puro que un pitillo- reconoció Galia-, los cigarrillos son una cosa muy simple, la cultura del tabaco de verdad está más en los puros.

Vicente enseñó a Almudena a usar el cortapuros y después le explicó como se encendía el puro, con un mechero de gas y sin esnobismos superfluos. Tras la breve explicación teórica vino el ejemplo práctico, cada uno con su cigarro. Almudena le imitó con torpeza de principiante pero con la suficiente eficacia. Al dar las primeras breves chupadas para animar la ignición del cigarro, se interrumpió un instante al percibir el desconocido sabor de las primeras pequeñas volutas de humo en su boca. “En serio voy a fumar”, pensó ahora sorprendida. Retomó la tarea del encendido y pronto la punta del cigarro estaba encendida por completo, dando finalmente una calada completa que llenó su boca de abundante humo, que expulsó sorprendida. El humo resultaba algo áspero, con un sabor vegetal, algo terroso y como a café, extraño pero interesante. Vicente le explicó que fumara con calma, saboreando el humo y descubriéndolo poco a poco, recordándole que el humo de los cigarros no se inhalaba.

-¿No quieres fumar uno?– le preguntó Almudena a Galia, sorprendida de que siendo fumadora habitual, aunque moderada, no se uniera a la fumada. -No gracias, los puros no son lo mío. Lo mío son los cigarrillos, no tengo paladar para los puros. -Quienes se enganchan a los cigarrillos suelen perder la capacidad de disfrutar los puros- explicó Vicente, con el asentimiento de Galia- Por eso si quieres investigar un poco sobre el tabaco es mejor que empieces con los puros.

Almudena siguió fumando con calma. Tras unas caladas sintió una especie de agradable escalofrío y cierta claridad mental. “¿Esto será por fumar?” se preguntó.

No estaba segura de si duraría mucho fumando, el humo resultaba algo áspero, pero siguió charlando y fumando hasta que para su sorpresa vio que se habían consumido dos tercios del puro. Lo empezó a notar más picante.

-Si quieres ya puedes dejarlo, es corriente dejar el tercio final porque suele estar peor- le explicó Vicente.

Almudena hizo caso del consejo y dejó el puro en el cenicero para que se apagara solo. Vicente enseguida hizo lo mismo.

CW: smoking fetish, capnolagnia.

Este relato no pretende ser una apología del tabaquismo ni una negación de sus indudables efectos tóxicos y adictivos, ni del lógico derecho a disfrutar de ambientes libres de humo. La única intención de este cuento es lúdica, es un relato que juega con la #capnolagnia, el fetichismo del tabaco (#smokingfetish) o fetichismo de #fumadoras, y sus descripciones de la experiencia tabaquista y sus consecuencias no son necesariamente realistas.

sigfrido@gmx.es

El sábado y el fin de semana siguiente pasaron sin más novedad, Almudena trabajó como de costumbre, aunque sintiéndose más segura por conocer mejor el producto que estaba vendiendo, y al acabar su jornada se marchó a casa o a reunirse con amigas y algún amigo. Almudena no parecía muy centrada en el tema chicos pero lo cierto es que, sin pretender tener citas ni practicar el flirteo, en su pandilla solía estar ún chico que incluso en alguna ocasión le fue a buscar al salir del trabajo.

-¿Ese chico del otro día es tu novio?– le preguntó Galia.

-¿Joaquin? Nooo, es solo un amigo de la pandilla- explicó la formal Almudena como si eso de los novios no fuese con ella.

-¿No sales con él?

-Solo en plan amigos.

-En plan de amigos...esas amistades adolescentes tan tiernas suelen ser muy emocionantes. No dejes de tener amigos como ese- le dijo Galia con un tonillo cómplice que indicaba que no se creía eso de la pura amistad.

Un par de fines de semana después de su experiencia tabáquica, Almudena preguntó si podía repetirla.

-Bueno. Creía que ya habías perdido el interés.

-No, me gustaría experimentar un poco más.

Almudena fumó un Vega Fina mientras comprobaban la facturación en el ordenador y, tras acabar esa tarea, mientras charlaba un rato con Galia. A Galia le dio envidia de fumador y se encendió un cigarrillo.

En las siguientes semanas Almudena continuó consultando libros sobre la historia del tabaco en América y España, redactando su trabajo para la Ruta Viracocha y complementando su estudio teórico sobre el tema con el estudio práctico. Prefería fumar al cierre del estanco cuando estaba Vicente, que le acompañaba en la fumada, porque si solo estaba Galia se agobiaba un poco al pensar que esta podía estar retrasando el abandono de la tienda por esperar a que Almudena acabara su cigarro, aunque Galia nunca le hizo ningún reproche. No todas las semanas tenía ocasión. Fumó diversos cigarros, de diferentes tamaños y de diferentes calidades, reales o presuntas. Vicente no creía que los puros hechos a máquina fueran necesariamente peores que los hechos a mano, consideraba que lo realmente relevante era la materia prima, así que también fumaron puros mecanizados. También probó puritos e incluso tuvo un par de sesiones de pipa. Al familiarizarse con el sabor de los puros lo fue encontrando más agradable. Enseguida fue consciente de las diferencias en el sabor de los diferentes puros pero encontró que, aunque unos le gustaban más que otros, con excepción de algún purito las fumadas siempre resultaban interesantes y entretenidas.

Almudena acabó su trabajo para la Ruta Viracocha, lo envió por correo y dio por terminada su investigación teórica y práctica sobre el tabaco. Ya en enero recibió una carta en la que se le informaba de que había sido seleccionada como participante de la Ruta Viracocha.

Una vez acabada su investigación Almudena ya fue capaz en alguna ocasión de aconsejar sobre puros a algún comprador lego en la materia. Le satisfacía ser capaz de hablar sobre puros con clientes, la cultura del tabaco le resultaba interesante. A principìos de febrero un sábado al mediodía se quedó a comer con Gladia y su amiga Jacinta en una casa de comidas cercana al estanco. Al acabar de comer no se quedaron a tomar café, se fueron al estanco para tomárselo, ahorrándose unos eurillos y pudiendo acompañarlo con un cigarrillo a salvo del frío, aun faltaba más de una hora para abrir el estanco al público.

Se sentaron en el estanco, tras la persiana metálica medio cerrada y se sirvieron tres cafés de la máquina. Gladia siempre presumía de que el café de su máquina era tan bueno como el de cualquier cafetería. Las dos adultas encendieron sus cigarrillos con alivio continuando la alegre charla. Almudena era una más en la reunión. Una vez entregado su trabajo para la Ruta Viracocha, Almudena ya había dado por terminada su investigación sobre el tabaco, pero viendo a las dos mujeres aspirando y echando humo alegremente a Almudena le dio envidia y sintió deseos de fumar, pero lo que se le antojaba no era un cigarrillo si no un cigarro.

-¿Puedo coger un Guahiro?– preguntó tras un minuto de duda a la estanquera.

Esta asintió antes de añadir que podía coger un habano si lo prefería.

Almudena declinó la deferencia y no queriendo hacerle a Gladia mucho gasto se conformó con un modesto Guahiro, que además era bastante rápido de fumar, adecuado para el momento.

Jacinta la miraba entre incrédula y sorprendida mientras Almudena iba a buscar el puro y se lo traía a la mesa. Mientras Almudena se encendía el puro Jacinta inhaló una gran bocanada de humo de su cigarrillo que retuvo largos segundos, mientras observaba a la chica, antes de expulsar lentamente un prieto chorro de humo. Almudena se aseguró de que el cigarro quedara bien encendido dándole unas buenas caladas. Le encantó saborear humo de tabaco de nuevo.

-¿Y hace mucho que fumas puros?– preguntó finalmente Jacinta. -No, en realidad no fumo- contestó Almudena sosteniendo femeninamente el puro, con el codo apoyado en la mesa. Dándose cuenta de que la contestación sonaría poco creíble añadió- He fumado alguno en los últimos meses.

Las dos adultas acabaron sus cigarrillos y después de unos minutos se encendieron otros dos, algo inevitable en una atmósfera tan tabaquista como el que había creado el puro de Almudena.

CW: smoking fetish, capnolagnia.

Este relato no pretende ser una apología del tabaquismo ni una negación de sus indudables efectos tóxicos y adictivos, ni del lógico derecho a disfrutar de ambientes libres de humo. La única intención de este cuento es lúdica, es un relato que juega con la #capnolagnia, el fetichismo del tabaco (#smokingfetish) o fetichismo de #fumadoras, y sus descripciones de la experiencia tabaquista y sus consecuencias no son necesariamente realistas.

sigfrido@gmx.es

Las amigas de Almudena la avisaron de la fiesta de fin de curso que los compañeros del instituto habían organizado en una discoteca. Como ya habréis visto, entre sus estudios y su trabajo complementario Almudena tenía una agenda muy completa incompatible con una intensa vida social, de manera que Almudena, a sus diecisiete años, tenía poca experiencia en salir por la noche. Sin embargo era una ocasión especial y sus amigas de la pandilla estaban ilusionadísimas con el evento, por lo que Almudena no podía faltar.

La fiesta fue muy alegre, con la facilidad de ser todos conocidos, compañeros de colegio. La fiesta pronto se desdobló en dos nucleos, uno detro de la discoteca y otro fuera, en forma de mini-botellón, entre los cuales la gente circulaba constantemente. Almudena salió con sus amigas Nissa y Rebeca a la fiesta de afuera, a ver quien estaba por allí. Se sorprendió de ver a alguno de sus compañeros ya borracho y a alguna de sus compañeras con una claramente perceptible euforia etílica (otra en cambio, también algo colorada, estaba sentada en un bordillo lloriqueando bajo los cuidados de dos amigas con gesto dramático y solidario), nunca había visto a sus compañeros en esa situación. También le sorprendió ver a bastante gente fumando, no solo a la gente que habitualmente fumaba a las puertas del instituto.

Departieron con unas y con otros alegremente. Ver fumando como si tal cosa a compañeros de los que ni había sospechado esa inclinación, le hizo recordar sus puros. “Ahora estaría encantada de poder fumar un puro”, pensó fugazmente.

Volvieron a entrar en la disco, bailaron y como una hora después volvieron a salir, por si fuera se estaban perdiendo algo. Se les acercó Ingrid, otra compañera medio amiga de ellas, traía una shandy en una mano y le asomaba de un bolsillo una cajetilla de tabaco.

-¡Que hay chicas!– las saludó calurosamente- aun no nos habíamos visto- dijo abrazándolas alegremente- Allá tienen un poco de alcohol ¿No os apetece tomar algo? -Mmm, no se- dudó Nissa. -Estas shandys son suavitas, son como una clara ¿os animáis? -Bueno, asintió Rebeca por todas.

Las tres amigas abrieron sus botellines y sorbieron cautelosamente la clara embotellada. Preguntadas por Ingrid confesaron que estaban buenas. Ingrid abrió su cajetilla, sacó un cigarrillo y se lo encendió con gesto algo amateur.

-No me riñáis chicas- les dijo Ingrid ante sus miradas entre sorprendidas y reprobadoras, tras echar un chorro de humo.

Almudena se preguntó como de parecido sería un cigarrillo a un puro, sabía que eran más adictivos y más simples que los puros pero, por consejo de Vicente y Gladia no había incluido los cigarrillos en sus experimentos con el tabaco. Le dio un poco de envidia ver a Ingrid echando humo.

-¿Me das uno?– le dijo finalmente a Ingrid. -¿Un pitillo? Claro

Si Nissa y Rebeca se habían sorprendido de ver a Ingrid fumando, más se sorprendieron al ver a Almudena coger uno de los cigarrillos que Ingrid le tendía.

-Almudena, me dejas flipada- confesó Rebeca. -Es solo por probar, chicas.

Ingrid le dio fuego y Almudena expulsó una nube de humo. Ingrid ofreció tabaco a Nissa y Rebeca y estas rechazaron la invitación. Almudena saboreó el humo, lo encontró menos áspero que el de los puros pero también con un sabor menos intenso y más químico que le hizo pensar en cartón y aromatizantes.

Se unieron de nuevo a ellas Ricardo, Joaquín y Óliver, amigos de su pandilla. Se les pusieron los ojos como platos al ver a su serena y ordenada amiga Almudena sosteniendo un cigarrillo airosamente, jamás se les hubiera ocurrido. Almudena los saludó con una sonrisa divertida y culpable.

“¡Oh no, Almudena no!”, pensó Joaquín, tratando de mantener una diplomática sonrisa. “Que no resulte ser otra bobita superficial”

“¡Ay Dios, está fantástica, creo que me va a dar algo!”, pensó Ricardo, que tenía debilidad por las fumadoras. Sintió como le sobrevenía una rápida erección y se giró, haciendo como que contemplaba ociosamente el panorama de la fiesta, para que no le vieran colocarse discretamente el pene en una posición menos incómoda y más disimulada. Tras la operación se giró de nuevo hacia las chicas. A sus ojos, con el cigarrillo en ristre, Almudena parecía otra, más mujer, más intensa, mucho más sensual. Su tierna amiga se había convertido de repente en una pin-up por la misteriosa influencia del tabaco. La vió llevarse el cigarrillo a sus frescos labios, que se sellaron alrededor del filtro, y expeler un algodonoso chorro de humo. Ricardo se esforzó en apartar la mirada, temiendo parecer raro.

-¿No tragas el humo?– le dijo Ingrid a Almudena por lo bajinis. -No, es que hasta ahora solo había fumado puros, que no se inhala su humo. -¿Puros?– se extrañó Ingrid manteniendo la conversación en un tono que solo ellas dos podían oir.

Almudena asintió. Ingrid no supo si estaba de broma o no.

-Yo tampoco aspiro mucho el humo, pero si quieres probar, coge un poquito de humo en la boca y después aspira aire.

Almudena probó a hacerlo así. Sintió un intenso cosquilleo en el gaznate y a duras penas consiguió no toser.

-Échalo despacio- le susurró Ingrid.

Así lo hizo, el fino cono de aliento exhalado se hizo visible, mezclado con el humo de tabaco, mientras Almudena sintió una suave ola de vértigo en su cabeza y espina dorsal.

-¿Que tal?

-Creo que bien- dudó Almudena.

Almudena siguió fumando el cigarrillo, ante bastantes miradas sorprendidas, alternando caladas simples con alguna calada tragando el humo, experimentando con esa otra manera de fumar. En una de esas no pudo evitar toser un poco. Acabó el cigarrillo, charlaron un poco más con unos y otros y volvieron a dentro a bailar. Almudena sintió en su boca el sabor residual del cigarrillo y le pareció bastante malo, le recordaba al olor de los ceniceros. “El sabor que dejan los puros no es así”, pensó.

CW: smoking fetish, capnolagnia.

Este relato no pretende ser una apología del tabaquismo ni una negación de sus indudables efectos tóxicos y adictivos, ni del lógico derecho a disfrutar de ambientes libres de humo. La única intención de este cuento es lúdica, es un relato que juega con la #capnolagnia, el fetichismo del tabaco (#smokingfetish) o fetichismo de #fumadoras, y sus descripciones de la experiencia tabaquista y sus consecuencias no son necesariamente realistas.

sigfrido@gmx.es

Pocos días después de acabar el curso, Almudena hizo sus maletas y viajó a Huelva a incorporarse a la expedición de la Ruta Viracocha. Tras unos primeros días de viaje por Huelva y Cádiz durante los que los expedicionarios se conocieron entre si y visitaron algunos lugares relacionados con el tráfico naval entre España y América, chicos y monitores tomaron un avión en Madrid y volaron hasta Uruguay, iniciando la fase americana de su periplo. En la capital ya visitaron un museo y algunos sitios históricos de Asunción y sus alrededores.

Una de las visitas cerca de la capital les llevó a una fábrica de tabacos en el valle del río Santa Lucía, donde el director del establecimiento y una guía de visitantes les pasearon por la plantación, les explicaron los orígenes del cultivo y les mostraron el proceso de fabricación. Como el trabajo que había hecho Almudena para entrar en la Ruta Viracocha había tratado sobre la historia del tabaco, reservaron unos minutos para que Almudena, como “experta” de la expedición en el tema, diera una pequeña charla a sus compañeros. Al final del recorrido, que en realidad era el habitual de las visitas guiadas de turistas a la fábrica, llegaron a la sala de degustación y venta. La guía de la visita vaciló, normalmente en esta parte final del recorrido ofrecían algún puro a los visitantes y les daban la posibilidad de comprar algunos productos, ya situada la guía junto a la mesa de puros para degustación pero viendo que esta vez los visitantes eran adolescentes, no supo que hacer.

-Y finalizando la visita llegamos a la sala de degustación, eh, aquí solemos invitar a los visitantes a probar alguno de nuestros cigarros...– se interrumpió dirigiendo una mirada interrogativa al director de la planta que la acompañaba, pero este tampoco tuvo claro que hacer.

Almudena, que desde su charla sobre historia del tabaco andaba cerca de la guía, el director de la planta y el monitor del grupo, estaba mirando con curiosidad los puros expuestos sobre la mesa.

-¿Todos están hechos a mano?

El director contestó la pregunta de Almudena contento de que se rompiera el breve pero incómodo silencio. Otro chico preguntó en que se diferenciaban unos de otros los puros que les mostraban y la guía continuó su explicación con satisfecha profesionalidad. Acabada la explicación, pensó que lo correcto era continuar con el programa habitual de las visitas ofreciendo un puro al único adulto hecho y derecho que había entre los visitantes, el monitor. Este rechazó cortesmente la invitación de la guía, levemente contrariada en su celo profesional, pero antes de que le diera tiempo a dar por hecha la fase de la degustación e invitar a los visitantes a echar un vistazo a los souvenirs, Almudena le pidió probar uno. Al fin y al cabo era la experta en tabaco del grupo, pensó, así que lo normal era que participara de todas las actividades de la visita.

Todos se sorprendieron un poco.

-¿Eres mayor de edad?– le preguntó el director de la planta. -Si – mintió Almudena.

El director y la guía sonrieron. El tabaco era su trabajo así que no iban a ser ellos quienes cuestionaran que una chica de dieciocho años fumara uno de sus puros, en realidad les parecía estupendo. El monitor del grupo tenía sus dudas de que Almudena no tuviera diecisiete pero en la duda no dijo nada, por supuesto tampoco dijeron nada los compañeros de Almudena, divertidamente escandalizados de que una chica tranquila como Almudena se fuera a fumar un puro. Una vez roto el hielo algún compañero se unió a la desgustación para espanto del monitor, que pensó que la cosa se le estaba escapando un poco de las manos pero, no acordándose de memoria de quien era mayor de edad y quien no, optó por callar, esperando que aquello no trascendiera. Se formó un pequeño grupo de fumadores de puros inexpertos y circunstanciales.

A la salida de la visita a la fábrica el monitor se dirigió al grupo.

-Quiero recordaros que en la Ruta Viracocha está prohibido fumar, lo de antes no cambia nada, fue una excepción puntual por estar donde estábamos, pero que nadie se lleve la idea equivocada de que ahora está permitido fumar.

Luego, en un aparte, le dijo a Almudena que en la Ruta Quetzal se hubiera metido en un buen lío por lo del cigarro, pero que en la Viracocha no eran tan estrictos y que, teniendo en cuenta que el tabaco era el tema de la visita y que Almudena era una buena expedicionaria, podían pasar por alto el incidente.

La expedición de la Ruta Viracocha continuó por tierras uruguayas. Visitaron lugares históricos, remontaron un río siguiendo los pasos de una antigua expedición y montaron a caballo, atravesando así sobre cuatro patas la frontera con Brasil donde conocieron algunas ciudades fronterizas. Según avanzaba el viaje los lazos de compañerismo y las amistades se iban desarrollando, la gente se agrupaba por afinidades y se esbozaban parejas. Los emparejamientos no tendían a convertirse en noviazgos formales porque al tener un régimen de vida muy colectivo y con una agenda de actividades muy intensa no había ocasiones suficientemente íntimas para pasar de una “amistad especial” a algo más. Almudena también fue haciendo pandilla y desarrolló una de esas amistades especiales con Isidro, un chico ecuatoriano.

La ruta les llevó a la intersección de las fronteras entre Brasil, Paraguay y Argentina, visitaron el lugar más espectacular de la expedición, las cataratas de Iguazú y un espacio protegido en la selva. También hubo hueco para una visita al un centro comercial “duty free” en Puerto Iguazú, donde se podían hacer compras a precios baratos, libres de impuestos. Los expedicionarios se esparcieron por las tiendas en pequeños grupos, curioseando por todas partes. Al pasar por delante de una tienda de tabaco Almudena le llamó la atención ver dentro a unos pocos de sus compañeros, un par de chicos y tres chicas.

-¿Y estos? A ver que hacen – les dijo a Isidro y a Magda, otra compañera que les acompañaba, que asintieron.

Entraron en la tienda y se reunieron con Milca, Lala, Agar, Kemuel y Efrón. Los chicos y Lala eran de los que habían fumado en el incidente de la fábrica de puros.

-Vamos a comprar tabaco- les explicó Milca, una rubia de rasgos delgados y afilados de aire ordenado y responsable, con algo de nerviosa. Lala la ratificó con una sonrisa traviesa, llevándose el índice a los labios en gesto cómplice de silencio.

-No sabía que fumarais- les dijo Magda.

-Yo no fumo, solo a veces, saliendo y eso – contestó Milca.

Sus compañeros compradores de tabaco, menos Agar, asintieron, compartiendo la respuesta. En realidad ninguno de los participantes de la Ruta Viracocha era fumador, al menos fumador habitual, porque la prohibición de fumar para los expedicionarios era conocida desde un comienzo y eso disuadía a los fumadores de apuntarse a la ruta, como mucho se apuntaba a la ruta algún fumador ocasional.

-Solo nos apetece fumar un poco sin que se enteren los monitores.– les explicó Lala, una morocha deportista de melena ondulada, con un cuerpo elástico de un metro sententa y tantos y rasgos suaves que le daban un aire como de niña grandona- Hace un huevo que ni lo pruebo.

-¿Os apuntáis? Compraremos entre todos y luego repartiremos, no venden paquetes sueltos, solo cartones- les explicó Efrón.

Magda e Isidro rechazaron la oferta automáticamente.

-Los cigarrillos no me van mucho- contestó Almudena.

-Eres más de puros- bromeó Kemuel recordando el incidente de la fábrica de tabacos.

-Si – admitió Almudena para sorpresa de Kemuel. Echó un vistazo a la zona de los puros- ¿Vais a comprar algún puro?

-Creo que no- contestó Agar sorprendida, mirando a sus acompañantes como para confirmar su postura.

-Pero creo que los puros si que los venden sueltos- dijo Efrón.

Almudena se decidió y se fue a los estantes de puros y al humidor. Finalmente los cinco fumadores ocasionales compraron un cartón de Camel Blue, otro de Velmont Light y otro de Virginia Slim One. Almudena compró cuatro puros hechos a mano y un mazo de puros más pequeños hechos a máquina, más baratos. Compraron más de lo que pensaban fumar porque tenían intención de compartir.

Se fueron a una zona ajardinada cercana al centro comercial, convenientemente oculta por la vegetación de la vista desde las inmediaciones del centro comercial. Por el camino dos compañeros más, Tomás y Casimiro, se habían incorporado a la reunión clandestina. Tras tomar un banco abrieron sus tesoros y ofrecieron a los que no habían comprado. Tomás y Efrón le aceptaron a Almudena sendos cigarros, Lala, Kemuel, Milca y Casimiro prefirieron cigarrillos. Magda, Isidro y Agar se abstuvieron.

-¿En serio no queréis uno?– Insistió Lala ofreciendo su paquete de Camel, mientras los demás eventuales fumadores encendían sus tabacos – Nadie se va a enterar.

Los tres rechazaron el ofrecimiento y Lala se encendió un cigarrillo uniéndose a los demás, que ya echaban humo alegremente. Pronto se encontraron envueltos en el olor del humo del tabaco, con bastante protagonismo del intenso aroma de los puros, y el rincón quedó adornado de los penachos de humo que se elevaban desde los cigarrillos, los chorros de humo que exhalaban y difusos hilos de humo a modo de neblina que cruzaban el ambiente.

– Otro día me gustaría fumar uno de esos- le dijo Lala a Almudena señalando su puro.

– Claro, ya encontraremos el momento.

Sentados en el banco y a su alrededor disfrutaron de aquella interrupción del intenso ritmo del programa de actividades de la Ruta Viracocha, fumando y charlando despreocupados y animados.

Después pasaron a Paraguay, donde el programa de visitas y actividades les condujo a una comunidad indígena, a una misión jesuita y a una plantación de fruta y tabaco. En la visita a la misión jesuita los monitores pillaron a un par de expedicionarias que habían aprovechado que los ruteros se habían dispersado por las ruinas para fumar en un lugar discreto. Las castigaron con una buena carga de trabajos de campamento.

-Me libré por poco- explicó Efrón a Almudena y Magda- fui yo quien les había pasado el tabaco y si me hubieran dicho hubiera ido a fumar con ellas.

En la plantación les enseñaron los procesos de cultivo de fruta, bastante industrializados. Antes había sido una gran plantación de tabaco pero ahora habían dedicado buena parte de la superficie a la fruta. A Almudena le encantó la parte de los cultivos de tabaco. En la preparación de su trabajo para la Ruta Viracocha había tocado levemente el tema del cultivo y ahora estaba fascinada viendo como era realmente una plantación de tabaco, las plantas y su proceso de cultivo. Viendo su interés la persona de la plantación que le servía de guía la dejó en manos de Simón, un técnico agrícola que le enseñó con más detenimiento la plantación de tabaco junto con tres expedicionarios más y una de las monitoras, mientras el resto de los expedicionarios seguían por la plantación de frutas.

-En ese galpón antes hacían los puros a mano.

Entraron en el amplio taller donde ahora se acumulaban todo tipo de trastos, herramientas y máquinas en desuso, pero en la que aun se encontraban las mesas de madera donde se armaban los puros.

-Me hubiera gustado ver como se hacían- comentó Almudena.

-Aquí ya no hacemos, pero déjame tu e-mail y quizá pueda darte más información- le contestó el técnico.

Los expedicionarios viajaron en autobús hasta Fuerte Olimpo y allí subieron a unos lanchones para descender por el río Paraguay, entre las fronteras de Brasil y Paraguay, atravesando el Pantanal. Por las tardes desembarcaban para acampar en una de las orillas, a veces cerca de alguna aldea o posada y a veces en plena naturaleza. En la tarde se repartían en grupos rotativos: tareas de campamento, deporte y paseos naturalistas. Cenaban en el crepúsculo y se relajaban. La oscuridad impedía hacer tareas por lo que no había más ocupaciones que alguna misa que celebró el capellán de la expedición, las interpretaciones musicales de los rutistas músicos y la conversación. Esos momentos de conversación nocturna en las acampadas en el pantanal fueron las mejores ocasiones en todo el viaje para el romanticismo y el flirteo, durante el resto del viaje el denso programa de actividades no dejaba mucho tiempo esas cosas. Se formaban parejas que charlaban sonrientes donde la luz de los faroles de gas empezaba a dar paso a las sombras. Por la noche ocasionalmente se oía que alguno de los expedicionarios se levantaba del lugar donde vivaqueaba para alejarse del campamento, quizá para “ir al baño” o quizá no.

Almudena- oyó esta que le susurraban cuando ya estaba envuelta en su saco de dormir y había cerrado los ojos, casi dormida.

-Hola Isidro- susurró sonriendo tras un instante de confusión. Se alegró de ver al chico, con el que aquella sobremesa había estado charlando a solas en una atmósfera de deliciosa complicidad y ternura.

-¿Vienes a ver las estrellas?

“¿Las estrellas? ¿A que viene lo de las estrellas?” pensó Almudena, con la parte racional y cartesiana de su cerebro.

-Vale- contestó sin embargo antes de que le diera tiempo a pensarlo, sin importarle la falta de motivos racionales para interrumpir el descanso por una observación astronómica.

Almudena se levantó en silencio, recogió su mochila pequeña, tomó de la mano a Isidro y se alejaron a hurtadillas de la zona de vivaqueo internándose en la llanura. A unos cientos de metros se sentaron sobre un poncho de lona y contemplaron la bóveda celeste, sobrecogedoramente abarrotada de estrellas, rodeados del profundo zumbar del canto nocturno de los insectos de la llanura, que parecía el acompañamiento musical idóneo para el espectáculo estelar. Tras un minuto con la boca abierta se miraron y se sonrieron. Isidro arriesgó un beso y Almudena lo recibió contenta. Lo rodeo con sus brazos y le besó. Siguió una riada de besos y caricias, cada vez más imparable, el deseo creciendo más y más hasta que se desnudaron e hicieron el amor entre la hierba torpe y tiernamente.

Quedaron abrazados, estremecidos de emoción. Como suele pasar las primeras veces el sexo había ido regular, Almudena no llegó a tener un orgasmo y el de Isidro fue bastante precario, pero el encuentro sexual había sido tierno y conmovedor. Almudena se puso una compresa para evitar mancharse de sangre, aquella había sido su primera vez. También la de Isidro. Se abrazaron y quedaron dormidos.

Isidro, previsor, había traído preservativos por si acaso, aunque si hubiera tenido que apostar si el encuentro nocturno iba a acabar en sexo con coito hubiera apostado a que no. En el equipo de higiene personal que se entregaba a todos los rutistas se incluían preservativos. Esta inclusión parecía un poco absurda, casi irónica, porque el denso programa de actividades en grupo de la expedición y el dormir en grupo parecía imposibilitar las relaciones sexuales, pero los organizadores del grupo, juiciosamente, por más que sabían que su sistema de organización de las actividades y el sueño eran una buena barrera contra el sexo, la cabra tira al monte y tal concentración de hormonas adolescentes hacían muy probable que algunos expedicionarios desarrollaran vínculos románticos y que incidentalmente se las ingeniaran para tener sexo a pesar de todo.

Almudena se despertó con la primera luminosidad del alba.

-Isidro, Isidro – le susurró.

-Que...– despertó él confuso.

-Se va a hacer de día, vamos con el grupo antes de que despierte alguien- explicó Almudena cogiendo sus cosas- Espera un momento antes de volver para que no nos vean volver juntos.

Isidro asintió mientras Almudena, tras besarle en la mejilla. se levantaba para irse.

La expedición llegó al pequeño pueblo ribereño de San Lázaro a tiempo para comer. Por la tarde se dividieron en grupos de actividades. A Almudena le tocó grupo de deportes, carrera en grupo por la llanura. A Isidro le tocó tareas, limpieza y ordenado de las barcas. A Magda también le tocó deportes pero en su caso bicicleta, una suerte porque había pocas bicicletas en la expedición y era mucho más fácil que a uno le tocara carrera campo a través. Almudena se encontró con que Lala también estaba en su grupo. Corrieron juntas y charlaron entrecortadamante con el poco aliento que les quedaba. Almudena notó que Lala corría con más facilidad que ella, lo que acreditaba que el fumar ocasionalmente no le había hecho mella, por lo menos de momento, en sus capacidades deportivas y que quizá Almudena era demasiado sedentaria.

-Almu ¿Te acuerdas que en Puerto Iguazú quedaste en invitarme a un puro?

-Si.

– Me gustaría probarlo.

– A ver si esta noche... puedo invitarte.

Regresaron al pueblo cansadas, cubiertas de sudor polvoriento y felices. Tras las duchas todos cenaron voraces y pronto empezaron las interpreteaciones musicales de los expedicionarios músicos en la plaza principal de San Lázaro, que atrajeron a un buen número de curiosos del pueblo, en especial jóvenes. Muchos expedicionarios se quedaron en la plaza a escuchar los conciertos mientras descansaban sus fatigados músculos, unos con más atención y otros, en el perímetro externo, charlando con sus compañeros. En cambio otra buena parte de los expedicionarios se dispersó por el pueblo, poco iluminado.

Lala estaba en la plaza escuchando a una compañera que cantaba acompañada a la guitarra por otro rutista. Se le acercó Almudena.

-Te debo un cigarro y es un buen momento. Mira, todos los monitores están en la plaza y no están al tanto de la gente que anda por el pueblo.

Lala echó un vistazo alrededor y vió que efectivamente los monitores parecían muy acomodados en la plaza. La ocasión era propicia para una agradable travesura.

-Aprovechemos, en la noche todos los gatos son pardos.– le dijo a Almudena levantándose.

-¿A donde vas? – le preguntó Marcela, una de las chicas con la que estaba Lala.

Lala se acuclilló.

– A dar una vuelta- le dijo a Marcela y a Dorotea, y añadió en un susurro- y a fumar ¿Venís?

-Paso – dijo Marcela con la anuencia de Dorotea.

Se alejaron por la plaza. Almudena buscaba con la mirada.

-¿A quien buscas? – le preguntó Lala.

-Podría ser bueno llevar a algún chico que nos acompañara e Isidro quedó hablando con unos chicos.

Lala estuvo de acuerdo, en el pueblo había tipos con aspecto de machito a la antigua.

Se encontraron a Milca, que estaba de conversación con un chico grande y pacífico que iba a estudiar una ingeniería.

-¿Vienes a fumar?– le cuchicheó Lala a Milca.

Milca lo pensó un instante antes de asentir.

-Traete a tu amigo.

-No fuma.

-Pero nos vendrá bien para contra los moscones.

Milca le dijo al chico, Cardenio, si se iba con ellas a dar un paseo y este dijo que si. Los cuatro se separaron del bullicio y caminaron junto al río hasta un embarcadero que descendía a las aguas. Sentados junto al río Almudena sacó unos puros de su morral, dos hechos a mano y otros de máquina, de menor tamaño, ofreció a las chicas y tras un instante de duda también a Cardenio, sobre todo por cortesía. El chico rechazó el ofrecimiento sorprendido y Lala vaciló, no sabiendo si podía coger uno de los hechos a mano, más caros.

-¿No tenéis cigarrillos?– preguntó Milca desolada.

-Huy, no – lamentó Almudena.

Milca hizo un mohín de contrariedad.

– Espera, creo que tengo- djo Lala rebuscando en su pequeña mochila.

– ¿Tu fumas? – Le preguntó Cardenio a Milca.

– Solo a veces.

Lala triunfante sacó una cajetilla de Cámel y un mechero.

-De todas maneras podrías probar un puro- sugirió Almudena.

-Me apetece un pitillo, luego ya veré.

Milca extrajo un cigarrillo de la cajetilla de Lala y lo encendió con eficacia. Expelió satisfecha un torrente de humo y compuso una impecablemente elegante pose de fumadora.

Almudena y Lala encendieron sus cigarros soltando pequeñas bocanadas hasta tenerlo bien encendido.

-Recuerda no tragar el humo- le dijo Almudena a Lala, antes de tomar ya una buena bocanada.

-Ya- contestó Lala, que saboreaba el humo con cautela y curiosidad.

Las chicas fumaron y se relajaron, dejando atrás los nervios del carácter clandestino de la fumada, succionando y expeliendo humo satisfechas, conversando en el espacio delimitado por las fugaces nubes de tabaco. También Cardenio acabó sintiéndose cómodo en el cenáculo de fumadoras, a pesar de lo inesperado de la situación.

Un rato después de acabar su cigarrillo, Milca probó alguna calada de los cigarros de Lala y Almudena, con bastante excepticismo.

-No estuvo mal el puro – le dijo Lala a Almudena cuando ya volvían a la plaza- Es distinto pero alguna vez me gustará repetir la experiencia.

Fumadora al aire libre

CW: smoking fetish, capnolagnia.

Este relato no pretende ser una apología del tabaquismo ni una negación de sus indudables efectos tóxicos y adictivos, ni del lógico derecho a disfrutar de ambientes libres de humo. La única intención de este cuento es lúdica, es un relato que juega con la #capnolagnia, el fetichismo del tabaco (#smokingfetish) o fetichismo de #fumadoras, y sus descripciones de la experiencia tabaquista y sus consecuencias no son necesariamente realistas.

sigfrido@gmx.es

La ruta continuó. En otro vivaqueo Almudena dormía cuando un contacto la despertó.

-Soy yo, Almu- le susurró Isidro tranquilizándola, tras echarse a su lado con su saco de dormir.

Adormilada Almudena le sonrió. Se miraron, besaron y acariciaron lo que buenamente permitían sus sacos de dormir, hasta que Isidro le propuso con una sonrisa dar un paseo. Se alejaron de los durmientes con extremo sigilo y encontraron un lugar tranquilo donde echarse y hacerse arrumacos con feliz dedicación. Hicieron el amor más relajados que la otra vez, Isidro dedicó más tiempo a los preliminares y ambos tuvieron potentes orgasmos. Quedaron juntos, boca arriba, respirando profundamente y cadenciosamente el aire de la sabana. Almudena estaba impresionada por la intensa explosión de placer que había experimentado en amoroso abrazo con Isidro. Abrió los ojos y encontró los de él, se miraron con amoroso asombro.

Tras acabar su expedición fluvial en Asunción, conocer otros interesantes lugares y realizar muchas interesantes actividades, la Ruta Viracocha terminó en Buenos Aires. Al día siguiente todos los expedicionarios cogerían aviones a sus respectivos lugares de origen y celebraron una fiesta de despedida en el albergue de juventud donde se hospedaban, a la que se unió todo el equipo tñecnico de la expedición e incluso algún antiguo expedicionario argentino, uruguayo e incluso chileno y argentino.

Todos tenían emociones encontradas, alegres por haber culminado la expedición y tristes por separarse de los amigos que habían hecho, especialmente los que habían tenido romances. En los últimos días Almudena e Isidro se habían tratado con cautela, era evidente que se gustaban y atraían pero, dado que sabían que no podrian permanecer juntos, evitaron dar rienda suelta a sus sentimientos. Pero en la fiesta no fueron capaces de separarse, en ocasiones tomados de la mano y con el corazón encogido.

-Mira a Efron- dijo Magda.

Almudena miró hacia donde indicaba Magda y vió a Efron fumando un cigarrillo y ofreciendo a una chica, que aceptó la invitación. Almudena se rio del desparpajo del compañero. Se acercaron Milca y Kemuel comentando divertidos la travesura de su amigo.

-El viaje ya se ha acabado así que ya no se puede castigar a nadie con trabajos adicionales o enviándolo a casa- comentó Kemuel- mira, los monitores se hacen los locos.

A la vista de aquello, Milca sacó de su bolsito un paquete de Virginia Slim One y ofreció. Kemuel se cortó de fumar un cigarrillo tan femenino, “mariconadas las justas” argumentó. Almudena dudó, porque los cigarrillos no eran lo suyo, pero a la vista de la situación le apeteció fumar y era más fácil fumar uno de esos que ir a su habitación a por un puro, además le apetecía probar uno de esos pitillos largos y finos bajísimos en nicotina, así que aceptó la invitación, extrajo el largo cigarrillo y dejó que Milca le diera fuego.

Las dos chicas atrajeron un montón de miradas al fumar aquellos cigarrillos tan teatrales, transfiguradas a los ojos de buena parte de sus compañeros, por arte de magia tabaquera, en unas atrevidas #fumadoras felinas y frívolas, aunque a Almudena el sabor del cigarrillo le pareció algo ruin, conociendo el sabor de los puros. Más tarde Almudena se escapó de la fiesta a su cuarto y volvió con puros. Invitó a Lala a Kemuel y a Efrón. Al verlos fumar otros compañeros (e incluso un monitor) se animaron, de manera que Almudena pronto se quedó sin puros, pero no le importó. Incluso Isidro y Magda se animaron a dar alguna calada.

Al final de la fiesta la música se fue suavizando. Almudena e Isidro bailaron juntos y apretados, besándose y saboreando sus lágrimas saladas.

En el aeropuerto de Ezeiza los expedicionarios se separaron tomando aviones a sus respectivos destinos. Unos pocos compraron cartones de tabaco en las tiendas libres de impuestos del aeropuerto como souvenir para algún allegado. Hubo lagrimillas y promesas de mantenerse en contacto.

Fiesta con VSlim

CW: smoking fetish, capnolagnia.

Este relato no pretende ser una apología del tabaquismo ni una negación de sus indudables efectos tóxicos y adictivos, ni del lógico derecho a disfrutar de ambientes libres de humo. La única intención de este cuento es lúdica, es un relato que juega con la #capnolagnia, el fetichismo del tabaco (#smokingfetish) o fetichismo de #fumadoras, y sus descripciones de la experiencia tabaquista y sus consecuencias no son necesariamente realistas.

sigfrido@gmx.es

De vuelta en casa Almudena pronto se incorporó a sus nuevos estudios y volvió a su trabajo a tiempo parcial en el estanco. Empezaba la carrera de Historia en la universidad. Como su familia no nadaba en la abundancia había dudado mucho en estudiar esa carrera porque no es de las que parecen facilitar más el encontrar trabajo, pero sentía una gran atracción por la materia de manera que finalmente se decidió, pero poniéndose ciertas condiciones. El primer año lo dedicaría al cien por cien a la carrera, pero el segundo trataría de compatibilizarlo con algunos módulos de un ciclo formativo con más bazas de darle trabajo a medio plazo.

Los primeros meses Almudena estuvo muy centrada en los estudios, tomando el pulso a la carrera y acostumbrándose al nuevo nivel de exigencia. Añadiendo a eso el trabajo en el estanco el tiempo libre que le quedaba era escasísimo.

Seguía procesando las experiencias del viaje. Se acordaba de Isidro pero, dando por imposible su relación veraniega se habían comunicado poco. Almudena se acordaba del sexo, que superada la torpeza de principiantes al final había sido muy satisfactorio. Tras aquellas experiencias lo echaba bastante de menos, pero solucionaba la cuestión solita.

Habiendo hecho ya la Ruta Viracocha el fumar era agua pasada. Su investigación sobre el mundo del tabaco estaba terminada y las fumadas del viaje parecían una travesura de las que se hacen estando lejos de casa.

Se puso en contacto con ella el grupo local de Asociación de Veteranos de la Ruta Viracocha y no tuvo que hacerles hueco en su agenda para participar en una de sus reuniones y la convencieron para ir de excursión con ellos un domingo. Los Veteranos de la Viracocha de la provincia no eran tantos como para organizar muchas actividades por si solos, por lo que participaban en actividades de otros grupos. Esta excursión en la que participó Almudena la organizaba el Círculo Excursionista, una alianza informal entre los viracochistas, el smial local de la Sociedad Tolkien, un grupo cristiano juvenil y alguno más.

En noviembre Almudena cumplió dieciocho años. Al felicitarle Galia la estanquera comentó que ya podía vender tabaco abiertamente. Estando prohibida la venta de tabaco por menores de edad, hasta ese momento Almudena oficialmente solo estaba contratada para vender otros artículos como revistas y objetos de regalo que vendían en el estanco, y cuando Almudena iba a buscar tabaco que le pedía un cliente, se lo pasaba a Galia o Vicente para que lo cobrara en caja, un sistema que, como nunca llegaron a tener una inspección, no supieron si era realmente legal. Vicente celebró que ya tenía edad para comprar tabaco legalmente.

-Se acabó el fumar de tapadillo- añadió Vicente festivamente.

-¡Bah!– protestó Almudena sonriendo ante lo que parecía una broma de Vicente, que hablaba como si Almudena fumara a menudo.

Sin embargo Almudena pensó que antes del viaje le habían invitado a tabaco durante bastantes meses y que siendo mayor de edad era correcto poner un fin simbólico a esa fase de gorrona.

-Pues ya que puedo comprar tabaco... Galia ¿Me vendes un Coronitas de Vega Fina?

Estudiando en la biblioteca de la facultad se encontró con una alusión al comercio de tabaco en el siglo XVIII. Reencontrarse con el tema de su trabajo para la Ruta Viracocha le despertó la curiosidad por el tema y fue a buscar algún libro citado como bibliografía. Cuando se dio cuenta llevaba más de una hora curioseando sobre la historia del comercio de tabaco en diversos libros y se dio cuenta de que se había disipado demasiado. “Disciplina, hay que volver al temario”, se dijo cerrando los libros intrusos y devolviéndolos. Volvió a lo que tenía que estudiar pero se le volvió a activar el interés por la historia del tabaco, su comercio y su cultivo.

Recuperado el interés por la cultura del tabaco escribió a Simón, el técnico agrícola que en la plantación de tabaco en Paraguay le había dado su correo electrónico. Este le fue proporcionando información y le puso en contacto con colegas de plantaciones canarias.

En la facultad Almudena fue formando un círculo de amistades. Las primeras semanas se había juntado con alguna chica de clase con la que se había topado y que le parecían simpáticas, formando un grupillo, pero el pasar de los meses la fue poniendo en relación con compañeras con las que tenía más afinidad, casi todas de fuera de la ciudad. Había muy pocos compañeros que fumaran, como dos de cada diez, pero entre las amigas que fue haciendo había una fumadora, Valentina.

A principio de curso Valentina se había empezado a juntar con un par de chicas y un chico fumadores de la clase por encontrárselos fuera del edificio cuando salían a fumar, a Valentina le gustaba la compañía de otros fumadores por lo que era lo más natural cultivar esa relación. Sin embargo con el paso de las semanas el trío empezó a resultarle menos simpático, le fueron pareciendo personas poco naturales, el tipo de gente que vive muy centrada en la apariencia, en la movida del fin de semana y en quien es quien, con pocos temas de conversación y aun menos temas de conversación que le interesaran a Valentina, así que empezó a frecuentar menos aquel grupito algo absorvente y empezó a tratar con todos los compañeros de manera indiscriminada, abierta y algo exploratoria. En esta fase de sociabilidad abierta conectó bien con Almudena y congeniaron.

Coincidió que Almudena tardó en saber que Valentina fumaba. Ya eran buenas camaradas cuando saliendo de la facultad Almudena se sorprendió cuando Valentina le ofreció un cigarrillo.

-No fumo, gracias.

Una expresión de cierta extrañeza cruzó el rostro de Valentina antes de encenderse un cigarrillo con aire desenvuelto.

-¿En serio?– insistió Valentina.

-¿El que?

-Que no fumas.

-Si. Fumé alguna vez pero ya no.

-Lourdes dice que eres estanquera- dijo Valentina mientras caminaban hacia la parada del autobús, ocultando que en el grupillo de Lourdes habían apodado a Almudena como La Estanquera. Almudena había vendido tabaco a Lourdes un par de veces.

-Solo soy dependienta, ya me gustaría ser la estanquera.

A Valentina le había sorprendido que vendiendo tabaco Almudena no fumara. El que Almudena no hubiera descubierto antes el vicio de Valentina había sido la pura casualidad de no haber pasado por la puerta de la facultad en ninguna de las ocasiones en que Valentina iba allí a fumar, pues Valentina era una auténtica fumadora que fumaba pública y habitualmente, con una sólida adicción a la nicotina. Además Valentina era una fumadora satisfecha, sabía que estaba enganchada pero no le importaba, le gustaba ser fumadora y fumaba desinhibidamente, sin importarle nada estar en franca minoría. Pensaba que realmente no era tan nocivo y se notaba que, como era normal en otros tiempos, pensaba que el tabaco favorecía la sociabilidad. Le parecía estupendo y completamente adecuado acompañar la charla y el trato amistoso con tabaco, incluso cuando trataba con gente que no fumaba. Por lo demás Valentina era una chica de buen trato y agradable, de cabello castaño claro y liso que solía llevar en una melenita de chica ordenada, ojos castaños, rasgos armoniosos, expresión animosa y en general alegre y franca, un metro sesenta y siete, silueta flexible y razonablemente buena estudiante, que comparía piso con otras tres estudiantes porque su familia vivía en un pueblo a ochenta kilómetros. Sus períodos históricos favoritos eran la Ilustración, la Revolución Francesa y el Egipto antíguo. Al verla fumar con tanta soltura a Valentina le pareció que su apariencia cambiaba, Valentina conservaba cierto aire de frescura puber realzado por su caracter abierto, pero Almudena no podía evitar encontrarle a Valentina una imagen de mujer más definida y adulta cuando fumaba.

También formaban parte de la nueva pandilla Casia y Matilde. Casia es una chica de otra ciudad dotada de una imaginación romántica y unos gustos algo frikis que se traducían en su preferencia por la Edad Media, el neolítico y la India antigua como períodos históricos, rubia de cabello ondulado en el que solía aparecer alguna cuenta o adorno similar, un metro sesenta, bien dotada de curvas y con un sentido del humor travieso.

Matilde es una chica de pelo negro y piel clara, mirada unas veces distraida y otras inquisitiva, mirando al interlocutor hasta el alma. Es una estudiante de primera clase y muy disciplinada, no duda de que el estudio es el centro de su vida y está totalmente enfocada a la eficacia académica. Junto con sus estudios de historia estudia inglés y francés para dar a su futura carrera un enfoque completamente profesional. Hace aeróbic dos o tres veces por semana para descargar energía física y centrarse mejor en el estudio, a pesar de que no parece una persona ansiosa, todo lo contrario, da la sensación de tener pleno control de su estado de ánimo e incluso de cierta frialdad que quizá solo sea un carácter distraido que le genera cierta distancia con los demás, unido a estar enfocada en la eficiencia académica. A pesar de no tener que trabajar como lo hace Almudena, Matilde tiene una vida social tan escasa como ella, sin embargo tiene novio, Raúl, un ex-compañero de colegio que ahora está estudiando una ingeniería con el que se junta sobre todo a estudiar, aunque, como acabaría confesando a Almudena y las demás, también para una práctica sexual frecuente. Matilde considera muy conveniente para liberar tensión sexual y poderse centrar mejor en el estudio, una opinión que nadie le atribuiría, mucha gente tiene la idea de que es una mojigata y en general da imágen de frialdad.

A pesar de haber comprado un puro el día de su cumpleaños, Almudena había seguido sin fumar, teniendo por cerrada sus experiencias con el tabaco. El cigarro había quedado en donde dejaba sus cosas en el trabajo. Un día de finales de febrero, al llegar al estanco se cambió de ropa, un bonito traje chaqueta de aire ejecutivo que recientemente había incorporado Galia como uniforme de dependientas, para dar un poco más de estilo al negocio. Mientras se vestía Almudena vió el Vegafina en el cajón de sus cosas y se acordó de un texto que había leido sobre el proceso de maduración de las hojas de tabaco que, aunque técnico, le había parecido que describía un proceso bonito, parte de la compleja transformación de unas plantas exóticas en un producto muy elaborado. “Y ahí está el resultado”, pensó con satisfacción.

CONTINUARÁ...

CW: smoking fetish, capnolagnia.

Este relato no pretende ser una apología del tabaquismo ni una negación de sus indudables efectos tóxicos y adictivos, ni del lógico derecho a disfrutar de ambientes libres de humo. La única intención de este cuento es lúdica, es un relato que juega con la #capnolagnia, el fetichismo del tabaco (#smokingfetish) o fetichismo de #fumadoras, y sus descripciones de la experiencia tabaquista y sus consecuencias no son necesariamente realistas.

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