El “Eduvigis Soriano”
Era una tarde tibia y clara de finales de agosto cuando Marisa Zalaeta se sentó en el salón de su casa familiar, en compañía de su madre, su padre y su hermana menor, Clara. La brisa suave traía el olor penetrante del tabaco rubio que sus padres fumaban con deleite, indiferentes a los reproches silenciosos de Marisa, que jamás había tocado un cigarrillo en sus dieciocho años. Con la carpeta de documentación universitaria sobre sus rodillas, y la mirada puesta en el jacarandá que coronaba el jardín, Marisa escuchaba con atención el rumbo que tomaba la conversación.
—Yo creo que es una oportunidad magnífica, hija —decía su madre, cruzando las piernas con gracia mientras mantenía el cigarrillo elegantemente sostenido entre los dedos finos—. El colegio mayor no solo ofrece unas instalaciones estupendas para estudiar… Es que se ocupan de formar mujeres completas, modernas pero con clase. Ya verás.
Marisa frunció apenas los labios. No quería parecer desagradecida; sabía que sus padres estaban ilusionados con su entrada en la carrera de Derecho, en esa universidad en otra ciudad, lejos del entorno cómodo pero limitado del barrio donde se había criado. Pero había algo en la idea de ser “formada” como si fuera parte de un molde social que la inquietaba, como si la educación fuera también vestirse con perlas y sonrisas de cartón.
—No sé, mamá —musitó, buscando las palabras con el cuidado que le era natural—. Me da la impresión de que el colegio ese… el Eduvigis Soriano… tiene una idea como muy anticuada de lo que debe ser una mujer. Lo de enseñarles a una a “moverse en sociedad” suena un poco a novela del siglo pasado. Yo pensaba que iba a estudiar leyes, no a aprender a combinar bufandas de seda.
Su padre soltó una breve carcajada, apartando el periódico del rostro.
—Tu madre y yo lo visitamos y francamente nos pareció un sitio con mucha clase. Aparte, no nos engañemos: para abrirse camino en esta vida, especialmente en Derecho, hay que saber presentarse, hablar, moverse con seguridad. No es solo el expediente académico, Marisa.
—Ya, pero yo preferiría que eso lo aprendiéramos con debates o prácticas en tribunales ficticios, no con lecciones de etiqueta —replicó sin alzar la voz, pero con la firmeza que siempre había mostrado cuando la conversación le exigía claridad.
Clara, su hermana menor, metió baza sin levantar la mirada de la Game Boy que sujetaba entre las manos.
—Te van a enseñar a caminar con libros en la cabeza. Como si fueras una princesa ¡Qué peligro!
Marisa rió, aliviando un poco el tono de la conversación. Su madre fingió una sonrisa.
—No es caminar con libros, es saber estar, querida. Un saber que no abunda y que a ti, Marisa, te abrirá puertas. No lo menosprecies tan deprisa. La educación también es eso.
Septiembre en el Eduvigis (Continuación)
La fachada del Colegio Mayor Eduvigis Soriano se alzaba sobria y majestuosa al final de una calle arbolada, rodeada por un jardín con azaleas aún en flor. Marisa llegó una tarde luminosa de comienzo de septiembre, con el estómago revuelto por la mezcla de nervios y una aguda sensación de extrañamiento.
El vestíbulo central era elegante, con zócalos de madera pulida, lámparas de cristal envejecido y un retrato imponente de Eduvigis Soriano sobre la chimenea, vestida con un riguroso traje negro del siglo XIX y una expresión que parecía juzgar al mundo. Tan pronto atravesó el umbral, fue recibida por la hermana Elisenda, la directora, una monja de rostro amable, ligera de maquillaje, con un hábito de líneas modernas y sin velo, sustituido por una discreta pañoleta azul marino.
—Bienvenida, Marisa Zalaeta —dijo con una sonrisa sincera—. Verás que aquí no solo se aprende a pensar. Se aprende también a caminar con cabeza alta, pero pies en la tierra.
El Colegio Mayor
El “Eduvigis” se reveló, desde los primeros días, como un mundo en sí mismo. Lo regían cinco monjas: la hermana Elisenda, la hermana Carina y la hermana Marina, todas vestidas con hábitos adaptados, amplias sonrisas y un humor inesperado; las otras dos, la hermana Teodora y la hermana Rufina, conservaban sus tocas almidonadas y una mirada que parecía medir la falda de cada nueva residente.
A las monjas se sumaban las tres mujeres laicas que organizaban actividades y talleres. Helena Sempert, ex-modelo de voz grave y estilo escultural, caminaba como si el pasillo fuera una pasarela. Vestía pantalones de talle alto, camisas de gasa y zapatos de tacón cuadrado que repiqueteaban por los suelos de mármol. Yocasta Loureiro, de acento sudamericano, hablaba de Mahler y de Chagall con una pasión que atrapaba, sin importar que sus oyentes no entendieran del todo. Vestía caftanes de lino y recogía su melena canosa con un broche esmaltado. Casilda Buendía, más discreta en el vestir, tenía una presencia magnética y una manera de hablar pausada, que convertía cualquier cosa en axioma. Ella impartía las sesiones de dialéctica y protocolo como si fuesen pequeños duelos amistosos.
Las Nuevas Amistades
Marisa conoció a Montse el mismo día que deshizo la maleta. Compartían habitación, aunque eso no garantizaba afinidad. Pero la conexión fue rápida.
—¿Eres muy formalita o puedo colgar la bandera republicana en la pared? —le preguntó Montse mientras colocaba libros de Marx y Judith Butler en la balda superior de su escritorio.
—Pon lo que quieras. Mientras no te traigas una vuvuzela...
Montse soltó una carcajada, encendió un cigarrillo negro y dejó que el humo dibujara volutas perezosas frente al espejo. Era menuda, pelo castaño oscuro recogido en un moño deshecho y siempre con un vaquero algo roto.
Al día siguiente conocieron a Loreto en el comedor, toda saludable y sonriente, con su acento rural y energía de campeona de cross.
—¿Vosotras también flipasteis con las cenas? Yo pensé que nos iban a dar puré y fruta, y ayer había cordero al horno y ese vino... ¿Albariño, era?
—Sí, y el mantel con servilleta de lino. Casi espero que aparezca Meryl Streep a decirnos bon appétit—, dijo Marisa, divertida.
La cuarta en sumarse fue Berenice, seria pero cálida, con el crucifijo de madera clara que a veces acariciaba mientras hablaba.
—Este sitio tiene algo... como de otro tiempo, pero no es hostil. Solo hay que ir encontrando los espacios—dijo en voz baja, como para que Eduvigis desde su cuadro no la oyera.
—¿Y los cigarrillos en cada salita? —soltó Loreto—. Yo pensaba que estaba prohibido fumar en estos sitios...
—Yo creía que iba a venir algún ángel guardián a susurrarte al oído cada vez que abrieras un paquete de Fortuna —añadió Montse, bajando la vista para encender un Ducados.
En efecto, en cada salita había un pequeño altar laico: dos butacas, una mesa de café, un cenicero de cobre bruñido y una pitillera surtida discretamente por el centro. Helena decía que fumar no era una obligación, pero sí “una herramienta para entender el tempo del mundo”.
Ni Marisa, ni Berenice, ni Loreto eran fumadoras. Pero había algo fascinante en ver a las veteranas hacerlo. Estilosas, elásticas, impecables, poseedoras de una seguridad que construían calada a calada, como si cada cigarrillo fuera una frase subrayada en sus propias autobiografías.
Una tarde, saliendo de la clase de dialéctica, Marisa se acercó a la salita del primer piso y vio allí a Inés Maya, su delegada académica y alumna veterana de cuarto curso de Derecho. De rostro anguloso, labios rojos y botas altas, parecía una mujer sacada de una revista de los años noventa.
—¿Quieres sentarte? —preguntó con voz grave, estirando un paquete de Lucky Strike hasta ella—. No hace falta que fumes. Las conversaciones aquí no exigen nicotina, pero es un buen complemento.
Marisa sonrió y se sentó a su lado. Hablaron de los primeros libros de Derecho Romano, de lo difícil que era la asignatura de Teoría del Estado, y del miedo invisible de no estar “a la altura”.
—Tú ya estás a la altura —dijo Inés, cruzando la pierna—. Solo debes descubrir si es la altura de otras o la tuya propia. Ese es el verdadero trabajo.
Otra noche, fue Berenice quien recibió un gesto inesperado de cercanía. Salía de la capilla del colegio tras una breve oración cuando Teresa Yllán, estudiante de Filosofía y otra de las veteranas, la abordó:
—Tu modo de rezar me recordó a mi madre —le dijo—. Sin alarde. Con el silencio bueno. Esa es la mejor fe. ¿Te gusta Bach?
—Mucho —respondió Berenice, sorprendida.
—Mañana toco en el órgano de la sala azul. Ensayo. Si quieres venir… ya sabes.
Reunión de las Cuatro
Esa noche, las nuevas amigas se encontraron en la salita junto a su pasillo. Como de costumbre, Montse fumaba, esta vez con una copa de vino tinto en la mesa. Habían servido cena las chicas de segundo y se respiraba una atmósfera casi bohemia.
—Vale —dijo Loreto, cruzándose de brazos—. ¿Podemos hablar de lo rarísimo que es que este sitio tenga cigarrillos disponibles como si fueran caramelos de menta?
—Es casi decadente —añadió Marisa—. Pero a la vez… creo que empiezo a entender por qué lo hacen.
—Porque da glamour, respeto. Mira a Helena, o a Casilda. Son como actrices. Tocan el cigarrillo como si fuera parte de su ADN —opinó Montse, apoyando el brazo en el respaldo del sillón.
—Pero hay algo más —dijo Berenice—. Es también una forma de control. Aquí todo está en su sitio. Se cena como si cada día fuera una gala; se fuma después, como si una estuviera en un salón literario. Todo tiene una coreografía.
—Menuda forma de educarnos —murmuró Loreto.
—Tal vez nos están enseñando a actuar a voluntad, no por reflejo —sugirió Marisa—. A ser conscientes de cada gesto. Aunque sea para luego rebelarse.
Y así, entre reflexiones cruzadas, humo perezoso y risas suaves, las cuatro chicas del curso nuevo comenzaron a dar forma a su propio espacio dentro del peculiar universo del Eduvigis. Sin saber aún si terminarían amándolo o huyendo de él, intuían ya que ese primer septiembre les había abierto una puerta distinta. Una que no se cruzaba con libros en la cabeza, pero sí con las ideas bien plantadas.
Septiembre en el Eduvigis (continuación)
Al cuarto día de estancia en el colegio mayor, las alumnas nuevas fueron convocadas a una breve reunión de orientación en uno de los salones menores del edificio, una estancia amplia con luz cálida, mullidas alfombras y jarrones de cerámica con lirios blancos, donde el humo de un cigarrillo flotaba como una aureola pausada sobre la cabeza de la única veterana que esperaba allí, recostada con naturalidad en una butaca de terciopelo burdeos.
La joven apagó el cigarrillo con elegancia y sonrió sin levantarse aún. Su nombre era Jimena Aller, estudiante de cuarto de Psicología, y se sabía guapa: mandíbula definida, labios pintados de coral y una voz de locutora de madrugada, grave y sedosa.
—Bienvenidas al Eduvigis, chicas —dijo, levantándose ahora con una gracia casi teatral—. Soy Jimena y me han encomendado orientaros un poco durante estos primeros días. No os asustéis: el colegio es peculiar, sí, pero se le toma gusto.
Todas la escuchaban con respeto, y no sin cierta fascinación. Llevaba los pantalones más rectos y elegantes que habían visto nunca, acompañados de una blusa que parecía sacada de un atelier parisino. Fumaba Fortuna con una soltura que afectaba incluso a las que no fumaban.
—Vamos por partes —continuó, mientras sacaba una pequeña libreta de lino verde con esquinas doradas—. Lo primero, las comidas. El desayuno es de siete y media a nueve. Se sirve en el comedor, pero podéis llevaros una bandeja a las salitas si preferís. Hay café de puchero, té, bollería, pan recién horneado, embutidos, algo de fruta… no es el Ritz, pero casi. Eso sí: no esperéis que nadie os lo sirva. A esa hora, cada una va por su cuenta.
—¿Y la comida y la cena? —preguntó Loreto.
Jimena hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Ahí ya cambia la cosa. La comida se sirve a las dos en punto, y la cena a las nueve. Con mantel, cubertería completa, vino dos veces por semana —señaló con una sonrisa cómplice—. En cada comida, una cuadrilla de estudiantes se encarga de servir: traen los platos, los retiran, reponen pan, agua y vino. Eso lo haremos todas por turnos, ya os lo explicarán en Secretaría.
Les mostró con naturalidad una pequeña tabla en su libreta.
—Cada una está asignada a una cuadrilla. Servir, sí, pero también recoger, barrer a veces, reponer las pitilleras —dijo mirando a Montse, que sonrió abiertamente—. Dejamos tabaco rubio y negro, que viene en fundas de tela con logotipo antiguo del Eduvigis. A mí siempre me gusta reponer los Ducados, les da un aire de poeta maldita a las salitas.
—¿Y si no fumas? —inquirió Berenice con curiosidad, no con censura.
—Nadie obliga. Pero saber cómo colocar cigarrillos elegantes en una pitillera de latón también es parte del estilo general. Ya lo entenderás.
—¿Y se puede fumar en todas las salitas? —preguntó Marisa, con la ceja arqueada.
—Casi en todas —contestó Jimena, sonriendo—. Podéis fumar en las salitas de cada pasillo, en los patios interiores, en las terrazas, incluso en la sala de lectura, siempre que no haya nadie estudiando allí. Hay solo tres espacios donde está estrictamente prohibido: la biblioteca, los dormitorios... y la capilla. Aunque lo de los dormitorios ya sabéis cómo es —añadió con un guiño cómplice—, mientras no apestéis la ropa de la compañera ni arméis una humareda, nunca pasa nada. Pero oficialmente, nada de fumar allí.
Berenice murmuró algo que las otras no entendieron, aunque Marisa creyó escuchar la palabra rito.
—¿Y la limpieza? —preguntó entonces Montse, con un tono neutral.
—Hay personal para los baños y zonas comunes en la mañana, pero fuera de ese horario, es responsabilidad de todas. Cada cuadrilla rota una vez cada dos semanas. Algunas cuidan la capilla, velas, flores y limpieza; otras vacían ceniceros y reordenan las salitas; y otras se ocupan del comedor. No es gran cosa —añadió Jimena—. Media hora a lo sumo. Hasta puede ser divertido dependiendo de con quién te toque.
Hubo risas contenidas, y Jimena tomó asiento en el brazo de la silla.
—Ahora, sobre nuestras queridas monjas y monitoras —prosiguió—. Vais a ver de todo. La hermana Elisenda, la directora, es una mujer brillante, muy moderna. Te habla de Kant y luego te corrige el peinado, todo en la misma frase. La hermana Carina y la hermana Marina son como tías plácidas de otro tiempo, dan buen rollo. Pero ojo con la hermana Teodora y la hermana Rufina: van de hábito completo y normas recias. Las dos tienen el don de aparecer justo cuando alguien está a punto de hacer algo que no debería.
—A mí ya me cazó la de cara alargada por entrar con café en la capilla —dijo Loreto.
—Ah, Teodora —respondió Jimena con una mueca teatral—. Tiene un radar para termos pecadores.
Se rieron todas.
—¿Y las monitoras? —preguntó Marisa.
Jimena respiró hondo, como quien se dispone a hablar de mujeres fascinantes.
—Ya conocéis a Helena. Es un ciclón con tacones. Va a enseñaros sobre moda, pero también sobre cómo presentarse en público sin pedir disculpas por existir. No es solo maquillaje, es actitud.
—Impresionante, sí —admitió Berenice—. El día que vino a hablarnos de proporciones faciales, parecía que hablaba de geometría sagrada.
—Exacto. Luego está Yocasta, música, arte, y un sentido estético que haría llorar al Papa. Y por último Casilda, que es más intelectual: os va a enseñar cómo discutir sin parecer bordes. Es dulce, pero con una ironía que puede desarmar a cualquiera. Son mujeres brillantes... y todas fuman como estrellas de cine.
—¿Y entre las veteranas? —preguntó Montse, con una nota apenas disfrazada de sorna—. ¿Son todas así de... estilosas?
Jimena se carcajeó.
—No todas. Pero muchas sí. Aquí hay algo que pasa con el tiempo. No es un mandato, no es estético solo. Es un aire... una especie de madurez teatral, sabes cómo caminar, cómo reír en el momento preciso, incluso cómo fumar sin parecer ansiosa. Suena snob, quizás, pero cuando ves a treinta chicas hacerlo a la vez, entiendes que hay algo poderoso allí. Aunque no fumes. Aunque nunca lo hagas.
Después de un breve silencio, se incorporó, sacó otro cigarrillo y lo encendió con sutileza —esta vez sin hablar, como un gesto íntimo—.
—El Eduvigis no es un colegio mayor típico. No quiere que seáis solo buenas estudiantes —dijo al fin—. Quiere hacer de vosotras mujeres que no se excusen. Que caminen por la vida como si siempre fueran hacia algo.
Las miró una por una con una expresión que era mitad ternura, mitad instructiva solemnidad. Luego les guiñó un ojo, se volvió hacia la puerta y se fue, dejando tras de sí la estela pálida de su perfume —almizcle, jazmín y humo.
Cuando la puerta se cerró, Loreto soltó aire por la nariz.
—Vale. Esto va a ser mucho más raro —y tal vez más interesante— de lo que pensaba.
—Es como si de pronto todo tuviera guion —murmuró Marisa. Y por primera vez, sonrió sin miedo.
Charla de Helena Sempert
La sala de estilo era una habitación luminosa, con espejos de cuerpo entero, percheros con prendas selectas, un biombo japonés plegable y una gran fotografía en blanco y negro de Audrey Hepburn con una copa de champán en una mano y un cigarrillo en la otra. Las estudiantes nuevas del Eduvigis Soriano estaban sentadas en semicírculo, algunas incómodas con tanta elegancia decorativa y otras abiertamente intrigadas. Marisa intentaba no mirar el reloj. Era la primera charla con Helena Sempert, la famosa —y en el fondo enigmática— monitora del taller de imagen y estilo.
Helena, enfundada en un pantalón sastre crema y una blusa negra de seda que parecía flotar con ella al moverse, empezó como no esperaban. No con cosméticos ni patrones de color, sino con una afirmación:
—Queridas, el estilo no es solo una cuestión de ropa o maquillaje —dijo con voz grave, educada por años sobre pasarelas y campañas publicitarias—. Es un lenguaje. La forma en que entráis en una sala, cómo inclináis la cabeza, cómo os peináis por la mañana, qué perfume elegís para estudiar… todo habla de vosotras sin que abráis la boca.
Hizo una pausa y dejó que la frase se asentara. Caminaba despacio frente a ellas, sujetando una carpeta de cuero fino. Se detuvo junto a un perchero con chaquetas, blazer y jerseys cuidadosamente dispuestos.
—Hoy no vamos a hablar de prendas específicas, sino de la imagen como declaración. De cómo se construye una presencia personal inteligente. Y os advierto algo: la indiferencia estética es una forma de desaliento. Sed interesantes. Sed nítidas.
Las chicas enmudecían, hipnotizadas. Marisa, aunque escéptica por momentos, no podía evitar sentirse fascinada por la elocuencia de aquella mujer. Helena hablaba con lentitud y precisión, como si cada palabra respondiera a una coreografía secreta.
Entonces, de pronto, se giró hacia ellas con una ceja arqueada.
—Por curiosidad, ¿alguna de vosotras fuma?
El silencio fue cortado por la mano alzada de Montse, y unos segundos después, otra chica, Leonor, una morena de ojos oscuros, levantó la suya. Helena sonrió.
—Bien, me alegra que seáis sinceras. Venid. Acompañadme.
Se dirigió hacia una mesa lateral, donde había una pitillera antigua de plata y un mechero de sobremesa engastado en una pieza de ónice. Se encendió un Fortuna light, pausadamente, sujetando el cigarrillo entre los dedos largos y esmaltados, y dio una primera calada precisa, suave, casi coreográfica. Levantó ligeramente el mentón, echando el humo hacia un lado como una actriz de cine clásico. Cada gesto transmitía control, placer y una concentración casi meditativa.
—¿Os apetece? —ofreció con simpatía, abriendo la pitillera hacia las demás. Hubo algunas sonrisas tímidas, pero ninguna aceptó. Marisa sintió las miradas cruzarse entre las no fumadoras. Berenice bajó la vista, y Loreto se limitó a arrugar la nariz, discretamente.
—Leonor, ¿quieres uno? —le ofreció con una sonrisa más íntima.
La joven asintió, aceptando un cigarrillo bajo en nicotina, y con una elegancia algo más ensayada que natural, lo encendió usando el encendedor de sobremesa. Fumaba con cierta contención, sin desafiar ni evitar miradas, como quien defiende una costumbre con gracia educada.
Montse fue menos contenida. Sacó su propio paquete del bolsillo de su chaqueta y lo agitó.
—Yo ya venía preparada —dijo, sonriendo con descaro.
—Eso lo veo —respondió Helena, sin perder su compostura—. Pero querida, disfruta, sí, aunque… con algo más de forma.
La monitora se acercó y se colocó de modo que todas pudieran ver. Observó cómo fumaba Montse: hombros ligeramente encogidos, sujetando el cigarrillo de forma algo torpe, sin la fluidez de quien lo convierte en expresión estética.
—Mira, cariño: relaja el hombro izquierdo. Así. Tu espalda debe estar erguida, pero sin tensión —le corrigió, colocándole suavemente la mano—. No sujetes el cigarrillo como si fuera un clavo, es un adorno momentáneo, no una herramienta. Sutil, elegante. Y cuando inhales, hazlo tranquilamente, experimentándolo. Y luego suéltalo, despacio, mirando ligeramente hacia otro lado. Fumar debe ser una conversación contigo misma.
Hubo risas contenidas entre las demás, pero también una atención creciente. Incluso Marisa, que no fumaba ni pensaba hacerlo, se rindió al magnetismo de aquella escena.
Helena volvió al centro del salón, con su cigarrillo ya a medio consumir, y dio otra calada lenta antes de retomar el hilo.
—Muchas creen que el fumar con elegancia solo compete a las fumadoras. Yo no lo creo. Creo que cualquier mujer joven inteligente debe saber fumar con gracia —dijo, soltando el humo entre las palabras—. Porque algún día, quizás, queráis compartir un cigarrillo en una reunión informal, en una cita, o como parte de una conversación importante. Y entonces, hacerlo bien hablará a vuestro favor. Fumar, amigas mías, no es solo un placer: es también una fuente de templanza, sociabilidad y claridad mental.
Una de las chicas, tímidamente, levantó la mano. Era Teresa, una joven de ojos claros y aspecto aplicado.
—Perdone, señora Sempert… ¿pero y la salud?
El ambiente se tensó levemente. Helena sonrió, inhaló de nuevo y respondió sin prisa.
—Buena pregunta, querida. Pero no seamos ingenuas: todo en esta vida tiene un precio. Comer azúcar, respirar aire de ciudad, amar a quien no nos conviene… y sin embargo, seguimos viviendo. Fumar con moderación, especialmente en vuestra edad, no es dramático. Es un pequeño lujo. Y como todo lujo verdadero, se disfruta con dosis justas. Es peor vivir sin estilo, os lo aseguro.
Dejó el cigarrillo consumido en el cenicero y se frotó las palmas con una toallita húmeda de lavanda que sacó de su bolso.
—Yo no animo a que os convirtáis en un volcán de nicotina. Pero sí creo que deberíais sacudiros un poco los prejuicios. Probad un día. O no. Pero decid con conocimiento. Ser no fumadora, al final, no es ninguna virtud. Es solo una opción… y a veces, una sosería.
Dicho esto, Helena cambió de tercio con elegante naturalidad, como si el episodio del tabaco hubiese sido una digresión menor.
—Ahora bien —dijo con ímpetu renovado—, veamos cómo debemos vestirnos para entrevistas, cenas formales y... la vida diaria —recalcó alzando los ojos con ironía—. Porque la universidad es también un escenario.
Se dirigió al perchero y sacó tres conjuntos distintos: un vestido sobrio de lino gris claro, una combinación de pantalón blanco con blusa de seda lavanda y un conjunto de falda lápiz con camisa estampada.
—Estas piezas combinan sobriedad, elegancia y personalidad. Escoged siempre una prenda que os represente, no que os esconda. Y recordad: menos es más, pero el “menos” debe ser intencionado, no perezoso.
Marisa, al final de la sesión, sintió que algo dentro de ella se había movido. No era solo la estética. Era esa idea de que detrás de todos aquellos gestos había una forma de afirmarse en el mundo. Tan peligrosa como seductora.
Cuando salieron, Montse sacó un cigarrillo con gesto exagerado.
—¿Has oído? Soy una artista del humo en formación.
—Vas a necesitar ensayos —bromeó Marisa.
—Lo que necesito es una pitillera de plata —añadió Loreto, medio en broma medio en serio—. No fumar, pero tener aire de que podría hacerlo en cualquier momento.
Berenice miró hacia atrás, donde todavía se veía el humo disipándose en el salón como una especie de ensoñación.
—Esa mujer sabe cosas —murmuró.
Y ninguna de las estudiantes nuevas lo dudó.
Conversación tras la charla de Helena Sempert
Cuando salieron al patio interior del colegio mayor, el cielo estaba ya teñido por un azul crepuscular, y un perfume sutil a buganvillas flotaba en el aire. Marisa, Loreto, Berenice y Montse caminaron juntas en silencio durante unos metros, todavía procesando lo que acababan de vivir. Las ventanas del salón de estilo aún brillaban.
Fue Loreto quien rompió el silencio.
—¿Hemos entendido todas lo mismo? —preguntó en voz baja, mirando sin mofarse, pero con una ceja ligeramente levantada—. ¿Nos acaba de decir, básicamente, que fumar nos hará más elegantes?
—Y más sociables, y más reflexivas, y más mujeres —añadió Marisa con una media sonrisa irónica, ajustándose el bolso al hombro—. Se ha quedado a un paso de decir que fumar cura el mal de amores.
—Bueno, sí, ha sido raro —murmuró Berenice—. Me ha encantado escucharla, pero… ¿animarnos a fumar? ¿En serio? No me lo esperaba del Eduvigis.
—Yo tampoco —admitió Loreto—. Estoy cruzando los dedos para que esto haya sido algo puntual, un desliz estético. Porque si no, sinceramente, me voy a sentir como en un anuncio de cigarrillos de los años setenta.
Montse, que caminaba a su lado con el cigarro encendido entre los dedos —su tercero del día—, les lanzó una mirada divertida, aunque con cierto matiz de defensa.
—¿Y qué tiene de malo? —preguntó, mirándolas brevemente antes de dar una calada. Esta vez, mucho más pausada y refinada que de costumbre—. No sé… a mí me gustó lo que dijo. Que fumar no es una ordinariez, sino un gesto que puedes llevar con estilo. Durante años he sentido que me miraban mal por fumar… y de pronto alguien como Helena me dice que hay algo valioso en este hábito. Me sentí… valorada.
—Montse… nadie dice que seas ordinaria —replicó Marisa, conciliadora—. Solo que una señora —por muy elegante que sea— animando a veinte chicas a fumar como si fuera a convertirnos en diosas del Olimpo, es… excesivo.
—Y un poco irresponsable —añadió Berenice con suavidad—. Helena tiene una presencia increíble, lo reconozco. Pero eso no borra que fumar es malo. Es así. No es un prejuicio: es ciencia.
Montse dio otra calada, esta vez más consciente de su postura, y sopló el humo ladinamente hacia un lado, tratando de imitar el estilo que Helena acababa de enseñarle.
—¿Malo por qué? ¿Porque todos repetís que mata? También mata la ansiedad, el aislamiento, la autoexigencia constante. No todas fumamos por vicio. A veces es compañía, un ritual, un pequeño espacio entre cosas. No sé si me explico.
—Claro que te explicas —dijo Loreto, parándose junto a un banco de piedra—. Solo que no compartimos la idea. Lo que me molesta, en realidad, es que lo haya presentado no como una costumbre más, sino como una especie de cualidad femenina. Como si no fumar nos hiciera menos interesantes.
—Exacto —asintió Marisa—. No voy a dejar que un cigarro decida si soy sofisticada o no. A estas alturas del partido.
Berenice se cruzó de brazos, reflexiva.
—Supongo que Helena habla desde un mundo distinto. En otro tiempo, fumar sí era símbolo de distinción. Y ella viene de esa historia. Pero nosotras también podemos crear la nuestra. Sin humo —añadió, encogiéndose de hombros.
Montse apagó su cigarrillo en un cenicero de piedra junto al banco y suspiró.
—Ya, pero… vosotras no tenéis ni idea de lo que se siente cuando en vez de mirarte con condescendencia por fumar, alguien lo interpreta como parte de tu estética, de tu lenguaje. Me encantó sentirme elegante por una vez al encender uno, no vulgar.
Hubo un instante de silencio respetuoso. Ninguna la juzgaba, pero todas sabían que aquel camino de Helena había encendido más que tabaco.
—Así lo veo, por eso —insistió Montse— creo que deberíais probarlo, al menos una vez. Que sea una decisión real, no un “nunca jamás” por inercia. Fumar no es el demonio. Y a veces… da claridad. Helena tiene razón en eso.
—Probablemente —replicó Loreto—. Pero yo ya tengo mis rituales de claridad. Carreras al amanecer, duchas heladas, un café en silencio. No hace falta que huelan a tabaco.
—Y yo tengo el Rosario —dijo Berenice, medio en broma, medio en serio.
Todas rieron entonces, dejando atrás la tensión que había asomado.
Marisa se apoyó en el respaldo del banco y miró hacia las ventanas iluminadas del colegio.
—Al final, lo importante será poder decidir. Con información, con estilo, con libertad. A veces incluso con cigarrillo, lo acepto. Pero con cabeza —dijo con firmeza, y después miró a Montse con complicidad—. Eso sí: ya que vas a fumar, que sea como te enseñó Helena. Con los hombros rectos.
—Y el dedo estirado —añadió Loreto, riendo—. Como si fueras Coco Chanel en versión gallega.
—¿Quién te dice que no lo soy? —replicó Montse, alzando una ceja con teatralidad.
La noche se cerraba sobre los jardines del Eduvigis Soriano, y en el aire quedaba el eco de aquella conversación: entre el humo, la estética y la resistencia, las chicas iban definiendo no solo su presencia en el colegio mayor, sino también lo que significaba, para cada una, ser mujer en ese escenario tan singular.
Vidas paralelas
Aunque el comedor del Eduvigis Soriano era limpio, cuidado hasta en lo ceremonial, con su vajilla impoluta y servilletas de lino, Marisa pronto descubrió que romper la rutina del protocolo tenía algo de alivio. Algunos días, sobre todo cuando las clases acababan más cerca del mediodía, eligía no volver al colegio mayor a comer. En lugar de eso, con su mochila cargada d elibros y apuntes, se dejaba arrastrar por la multitud hacia el comedor universitario del campus, un pabellón bullicioso que olía a salsa de tomate, café recalentado y postres industriales recién desenvueltos.
A veces, comía con Loreto o Berenice —Montse casi siempre desaparecía en sus asambleas estudiantiles—. Otras veces, se sentaba con compañeros de derecho, y más de una, con antiguos conocidos del instituto, chicos de su ciudad que también se habían trasladado allí a cursar estudios, aunque en carreras distintas.
Uno de esos días, de forma inesperada, sintió que alguien la llamaba por su nombre con ese tono inconfundible de los viejos tiempos:
—¿Marisa Zalaeta?
Giró la cabeza en un gesto automático y se topó con Saulo, el mismo de antes, aunque algo cambiado. Llevaba el pelo más largo, barba incipiente y una cazadora de tela vaquera desteñida. Iba con una bandeja en la mano, una expresión entre divertida e incrédula, y los mismos ojos grises que había aprendido a esquivar con algo de pudor en el último año de Bachillerato.
—¡Saulo! —exclamó, entre risa y revisión mental—. Qué cosas… ¿estás aquí?
—Sí, acabo de empezar Filología —respondió, sentándose sin preguntar—. Y tú Derecho, ¿no?
Asintieron al unísono, con una media sonrisa de reconocimiento silencioso. Por un momento, la conversación fluyó como antes: sobre profesores detestables, los edificios laberínticos del campus y algunos compañeros comunes.
Se estaban acabando los yogures cuando él dejó la cucharilla apoyada sobre la bandeja, la miró con aquella expresión de suave ironía que ella recordaba demasiado bien, y dijo:
—¿Sabes que pensé mucho en ti cuando supe que venía aquí? En cómo nunca llegamos a nada y en cuánto lo pensé… pero me dio apuro ser el primero en decirlo.
Marisa sintió un leve calor en el pecho, no de vergüenza, sino de esa rara ternura que producen los caminos que casi fueron. Le sonrió, sin perder la calma.
—A mí también me pasó. Pero igual lo bonito fue eso, ¿no? Habernos quedado en “casi”.
—Quizás sí —dijo él, recogiendo su mochila—. Pero si te apetece seguir con los “casis”, avísame.
La dejó con una sonrisa pícara y un gesto torpe en la mano al despedirse. Marisa, durante el resto del día, se descubrió pensándolo más de lo que quisiera admitir.
Otra comida en el campus, esta vez con Loreto y Berenice, acompañadas de Lía, una compañera de Historia que vivía en una residencia mixta, y de Paula, una exalumna de su instituto que ahora compartía un piso con dos chicas de Arquitectura.
—Yo no podría vivir en un colegio mayor así —decía Lía mientras partía las croquetas con brío—. Todo tan controlado, tan lleno de normas, horarios… prefiero el caos de mi residencia. Ayer tuvimos karaoke hasta las dos con los de segundo de Ingeniería. Casi explotan los muros.
—El Eduvigis es particular, sí —dijo Marisa—. Es elegante, muy cuidado… pero tiene sus rarezas. Cenamos como si cada día nos visitara la reina de Dinamarca.
—¿Y tenéis vino, no? —preguntó Paula, curiosa—. Me lo comentó una chica de mi clase. Dijo que las del Eduvigis sois como... de otro mundo: pitilleras con cigarrillos, cenas de gala, talleres de maquillaje. Parece un cruce entre convento y club de alta sociedad.
—Y aún así —dijo Loreto—, nos dejan reírnos y hacer algo de ruido. Aunque todo con estilo. No hay desmadres, pero tampoco represión.
—¿Y qué tal compartir habitación? —preguntó Paula.
—Un reto —contestó Berenice—. Aunque Montse y Marisa han congeniado bastante. Con suerte no nos tiramos almohadas todavía.
—Yo —confesó Lía—, si no tuviera mi baño a cien metros, creo que me escaparía por la ventana.
Rieron todas, y entre mordiscos de ensalada y bromas sobre trabajos pendientes, Marisa se sintió agradecida por tener distintos espacios, distintas formas de vivir la universidad.
Una semana después, en la cafetería de la Facultad de Derecho, Marisa estaba con tres compañeras de clase cuando se les acercaron dos estudiantes de tercero, Carlos y Óscar, al salir de una conferencia. Tenían esa energía confiada de quienes llevan unos años en la universidad y dominan los pasillos como un mapa familiar.
Charlaban sobre los profesores de Constitucional, las prácticas de oratoria que se rumoreaban para octubre, y sobre lo caro de los libros. En eso, Óscar, al oír a Marisa mencionar el Eduvigis, frunció levemente el entrecejo.
—¿Tú estás en el Eduvigis? —preguntó, casi sorprendido.
—Sí —respondió ella, con naturalidad.
—Pues vaya —intervino Carlos, con un tono mezcla de admiración y curiosidad—. Nunca había hablado con una chica del Eduvigis… o eso creo. Tenéis como… fama.
—¿Qué tipo de fama? —intervino una de sus amigas con tono divertido.
Carlos sonrió.
—No mala, para nada. Pero se os percibe… como elegantes, distintas. Más seguras. Hay como un aura. Un amigo decía el otro día que las chicas del Eduvigis tienen una forma de mirarte que te hace sentir en blanco y negro.
—O en dos dimensiones —añadió Óscar—. Todo está como más… cuidado.
Marisa se rio, incómoda y halagada, mezclada entre la modestia y la curiosidad.
—Bueno… supongo que los talleres de imagen surten efecto. Aunque aún no sé si hay fondo detrás del envoltorio.
Carlos la miró con atención.
—Desde fuera, el envoltorio ya es hipnótico. Pero veo que también hay fondo —añadió, levantando la taza de café en un gesto informal—. Tendremos que seguir descubriéndolo, ¿no?
Las chicas lanzaron miradas entre cómplices y socarronas. Marisa, sonriendo, negó con la cabeza. No estaba segura de si el aire “sofisticado” que les atribuían era real o una suma de humo, tacones y mantelería fina. Pero una parte de ella, sin avisar, se lo guardó como un pequeño trofeo. Otra marca inesperada del Eduvigis en su piel.
Ceniceros y celuloide
El colegio mayor, minutos antes de la cena, tenía un ritmo distinto. Las risas aún eran suaves y la atmósfera olía a metáforas culinarias: caldo de ave, pan recién horneado y un atisbo de flores secas que alguien habría colocado en los jarrones del pasillo. Tocaba tarea, y a Marisa le había tocado en suerte esa semana estar en la cuadrilla 4, la asignada a recoger las salas de estar de los pasillos y el salón principal de la planta baja.
Vestía aún su blusa de lino azul claro, levemente arrugada por el trajín del día, y llevaba en la mano una bandeja con caramelos, recambios de cigarrillos y una bolsa de miga de pan perfumada con lavanda —alguien había redescubierto eso como truco para disimular el olor del humo rancio—.
Los pasillos estaban casi vacíos. Salas silenciosas, con sus dos butacas y su mesa central como pequeños altares del descanso estudiantil. Marisa vaciaba cuidadosamente los ceniceros, limpiaba el polvo con un paño húmedo y reponía cigarrillos siguiendo un orden concreto: primero Fortuna plata luego Ducados blanco. Algunas mesas requerían más de un repuesto.
Al bajar al salón principal, notó que allí la tarea era más laboriosa. Aquella sala era auténtico terreno común: la gran chimenea en desuso, los sofás de terciopelo verde oscuro, las lámparas decó, el tapiz floral algo desgastado por los inviernos. Al acercarse a la pitillera de la mesa larga, algo la distrajo: además de los cigarrillos habituales, había un compartimento aparte, con cinco puritos cuidadosamente alineados. Delicados, envueltos en lámina de celofán, con una anilla dorada impresa con letras góticas. Alhambra Reserva, leyó.
Los sostuvo un instante en la mano, intrigada. ¿Los había dejado alguien? ¿Los reponían también las monitoras? ¿Alguna veterana con gusto más clásico, o incluso provocador? No lo sabría, pero los volvió a colocar en la pitillera, con el mismo cuidado con el que se devuelve una joya prestada.
Después de la cena, como acostumbraban algunas noches, se anunció una película en el salón principal. Alguien había escrito con tiza en la pizarra auxiliar:
22:00 – “Le souffle du matin”, de Danielle Rebaud. Cine francés. VOS.
Marisa se acomodó en uno de los sofás centrales con una taza de infusión de hibisco. A su izquierda, Loreto hojeaba una revista de deporte. Unos cuantos grupos de chicas iban sentándose poco a poco. Las luces se atenuaron y empezó el filme, con una secuencia en blanco y negro en la que una rubia de melena ondulada bajaba un puente parisino con una gabardina y cigarrillo en ristre. La imagen no tenía sonido aún, pero decía mucho: ese humo cinemático, preciso, que parecía borrar al mundo de fondo e invocar otro nuevo.
—Otra que fuma —murmuró Marisa, más para sí que para alguien. Se dio cuenta: en las películas que ponían por las noches en el Eduvigis —ya fueran españolas antiguas, cine italiano o clásicos en blanco y negro— casi siempre había mujeres fumando. Y no como fondo, sino como parte del personaje, del atractivo, del misterio. Como si el cigarrillo fuera una extensión del pensamiento, un punto final visible tras cada frase.
Poco a poco, las chicas comenzaron a encender sus propios cigarrillos. Algunas se servían de la pitillera sobre la mesa; otras sacaban sus propias cajetillas: Chesterfield con borde dorado, Camel, Lucky Strike... Una sacó del bolso un purito y lo encendió con una cerilla larga, con una serenidad fabulosa, como si fuera una costumbre ancestral. El humo ascendía lento, perfumando el aire, casi coreografiando con la película.
Marisa observaba curiosa. No molesta, ni incómoda. No deseaba fumar, pero había en el gesto colectivo, en esa armonía de respiraciones pensadas y pausas en la conversación, algo distinto. Un clima. Las chicas hablaban en susurros durante las escenas más lentas, otras solo observaban con los ojos brillantes y el pitillo prendido entre los dedos, como si fuera una forma de afirmarse en la escena. No había afán de exceso. Más bien, un aire bohemio, doméstico, íntimo.
En medio de la película, una compañera de segundo año, que estaba sentada justo detrás de Marisa, retiró la pitillera, la abrió y le tendió un Ducados bajo en nicotina.
—¿Te apetece? —le preguntó, con una sonrisa gentil.
Marisa se giró, agradeció la cortesía con una sonrisa y negó con la cabeza.
—No, gracias. No fumo —dijo, como siempre. Con suavidad, pero con firmeza.
La otra asintió sin dramatismos y encendió el cigarrillo para ella misma.
La película continuó, y la francesa rubia dijo algo en voz baja que se tradujo en subtítulos como “No hay mayor libertad que la de cada quien con su humo y su silencio”.
Y mientras a su alrededor los cigarrillos se consumían, los diálogos se entretejían con el humo, y el salón se volvía otra vez un teatro en penumbra, Marisa supo que no fumar no era renuncia, sino también una forma de estar. De sostener la escena con otra clase de elegancia: la de quien observa sin rendirse, la de quien dice no con serenidad. Aunque cada día, en el Eduvigis, pareciera un poco más difícil no dejarse tentar por el humo encantado.
Volver a casa
El tren se deslizaba con una monótona serenidad sobre los raíles, cruzando viñedos, silos industriales y pequeños tramos de bosque dorado. Marisa observaba su reflejo en la ventanilla con una mezcla de expectativa y fatiga suave. Volvía a casa por primera vez desde que comenzó su vida universitaria, llevaba en la maleta unos pocos libros, un neceser y un paquetito envuelto con papel granate: una vela aromática que había comprado para su madre.
Su ciudad la recibió con el mismo aire templado de finales de septiembre. En el portal, su hermana Clara fue la primera en aparecer con una camiseta de dibujos y una sonrisa ligera—como si no hubiesen pasado tres semanas.
Durante la comida, el reencuentro fue abrumadoramente cotidiano: lentejas con chorizo como cada viernes de lluvia, una bandeja con uvas sobre la mesa, un vaso de vino para los padres, agua para las hijas. Al cuarto bocado, como era de esperar, le pidieron detalles.
—¿Y entonces? —preguntó su madre entusiasta, cruzando los cubiertos—. ¿Qué tal la facultad? ¿Te gusta la carrera?
—Sí. Es interesante, aunque más densa de lo que esperaba. Los profesores son algo secos, pero hay alguno brillante. Estoy en un grupo de estudio con otras tres chicas, ¡y me encontré a un antiguo compañero del instituto!
—Ah, el Saulo ese —intervino Clara con burla adolescente—. ¿Ese que querías que te besara y nunca pasó?
Marisa frunció el ceño y le lanzó un trozo de pan antes de seguir.
—En el Eduvigis... bueno, es otra cosa. Muy distinto. Todo tan cuidado, tan ceremonial. Nos enseñan cosas sobre estilo, presencia, nos animan a cuidar nuestra imagen… Eso está bien, supongo. Pero hay algo que no me acaba de encajar: parece que allí nos animan a fumar.
El tenedor de su madre, Elena, se detuvo a medio camino de la boca. Su padre solo levantó la vista del plato con un arqueo leve de ceja, sin intervenir.
—¿A fumar? —preguntó su madre, con una mezcla de curiosidad y ninguna sorpresa.
—Sí. Las monitoras, sobre todo Helena Sempert, una exmodelo que da charlas sobre imagen, estilo y esas cosas, defiende que fumar con elegancia aporta presencia, que “da templanza y claridad mental” —Marisa recalcó la cita con sarcasmo—. Me chocó mucho, la verdad.
Gustavo, el padre de Marisa y Clara, cambió de tema comentando que esa noche habría un recital de jazz interesantísimo en un club de la ciudad. Clara y él iban a ir y propuso a Marisa y a su madre que esa noche se unieran a ellos para disfrutar de un espectáculo que prometía, pero ninguna de las dos eran aficionadas al jazz y rechazaron la oferta. A diferencia de Marisa y su madre, a Clara si le gustaba mucho el jazz y acudir a conciertos con su padre era una actividad especial entre ellos dos.
Clara había desaparecido del comedor justo después de acabar el postre, lo que dejó a madre e hija mayores a solas, junto al padre que hojeaba el periódico sin disimular que escuchaba.
Marisa inclinó la cabeza hacia adelante, bajando la voz.
—O sea, mamá, ¡nos dejan tabaco en las salitas! Fortuna, Ducados… hasta puritos. Lo reponemos por turnos, como si fueran tazas de té. Esta insistencia me parece absurda, hasta peligrosa.
Su madre, con tranquila solemnidad, se encendió un cigarrillo . Lo hacía poco delante de Clara por lo que aprovechó la ausencia de su hija menor. Dio una calada breve y miró a su hija con expresión suave, como si pensara que había que aclarar algún punto con calma.
—Cariño —dijo—. Sé que puede sonarte extraño, pero... tampoco es tan incomprensible. Tienes dieciocho. Ya no eres una niña. Estás en la universidad y estás empezando a dejar de ser lo que otros decidieron por ti.
—¿Y fumar es empezar a decidir por mí? —Marisa alzó una ceja—. Porque no creo que quemarme los pulmones sea un gesto revolucionario.
—No, claro que no. Pero hay algo en este momento de tu vida —explicó su madre—, en este espacio entre la adolescencia y la adultez, en que ciertas cosas… tienen otro significado. No se trata de fumar por fumar. Se trata de explorar la vida adulta, convertir en tuyos los gestos que el mundo te va ofreciendo. Y cuando una mujer joven fuma, en un entorno como el vuestro, con pausa, con estilo... también está diciendo algo. Está afirmando su espacio. No siempre, claro —admitió, con una sonrisa—. No quiero glorificarlo. Pero no es un acto vacío, tampoco.
Marisa bajó los ojos hacia el vaso medio lleno de agua. Su madre siguió, con la voz cálida y firme.
—Y te lo digo yo, que fumé durante la carrera, en las pausas de las clases en invierno, en las noches de estudio... Fumar no me impidió tener un buen expediente, ni cuidar tu salud siendo bebé. Me relajaba. Me hacía compañía. Hay momentos en que me siento... más yo, cuando enciendo un cigarro. Es un placer pequeño, pero no tonto.
Marisa la escuchó en silencio, pasmada por una mezcla de extrañeza y empatía. Como si por primera vez viera a su madre como la joven que había sido.
—¿Así que… me estás diciendo que debería fumar? —preguntó con cautela y cierta incredulidad, todavía sin saber si se sentía juzgada o autorizada.
—Te estoy diciendo —respondió su madre— que ya eres mayor y puedes hacerlo. Si tú decides. Si un día quieres probar, que no sea a escondidas, ni con culpa. Puedes fumar un cigarrillo con un café. Puedes hacerlo en una charla con amigas, en una terraza o un viaje. Sin obsesiones. Pero sin miedo. Y si te apetece, yo también estoy aquí. Puedes pedirme un cigarrillo cuando quieras.
Marisa tragó saliva. El padre siguió leyendo en silencio. Afuera, la lluvia empezaba a repiquetear con ritmo desigual en la ventana del salón.
—No sé si quiero —dijo finalmente—. No me atrae del todo. Pero me sorprende lo que dices. No esperaba que tú…
—Te animara, lo sé —dijo la madre, sonriendo—. Pero no te animo. Te reconozco el derecho a elegir. Eso es otra cosa.
Y con ese gesto firme, con ese humo entre sombras y palabras medidas, la mujer que le había enseñado a leer le enseñaba ahora, quizás sin quererlo del todo, otra clase de lectura del mundo: más compleja, más matizada. Menos binaria. La que surge cuando los límites de lo correcto se desdibujan, y lo que queda es la intemperie amable de lo personal.
Pastoral y preguntas incómodas
El salón de pastoral del Eduvigis Soriano olía a cera de abeja y a hierba luisa recién infusionada. Las paredes, revestidas de madera clara, exhibían un crucifijo de olivo tallado y un cuadro pequeño de la Virgen con el Niño, de trazos sencillos y colores terrosos. Las alumnas nuevas —Marisa, Montse, Loreto, Berenice y otras cinco— se habían sentado en círculo sobre cojines de lana, frente a la hermana Visitación, una monja de rostro redondo y manos siempre ocupadas en tejer o ajustar el rosario. Pero esa tarde, quien dirigía la charla era la hermana Carina, de sonrisa ancha y hábito azul marino con un broche de plata en forma de paloma. Su voz, cálida y con un deje aragonés, invitaba a la confianza.
—Chicas —empezó, cruzando las manos sobre el regazo—, hoy queremos hablar de algo que os toca de cerca: cómo vivir como cristianas en la universidad. No se trata de rezos obligados ni de sermones, sino de encontrar a Dios no solo en la oración si no también en lo cotidiano. En los apuntes, en el café entre clases, incluso en las discusiones de los pasillos.
Berenice asintió con complicidad. Montse, en cambio, jugaba con el cordón de su sudadera, escéptica. Loreto, sentada junto a Marisa, susurró:
—Si nos empiezan a hablar de novios, me largo.
Como si las hubiera oído, Hermana Carina sonrió y tomó un sorbo de su té antes de soltar:
—Y ya que estamos, hablemos de algo que sé que os preocupa: los novios.
Un silencio incómodo cayó sobre el grupo. Algunas miraron a sus zapatos; otras, como Leonor, una morena de voz grave, cruzaron los brazos.
—No sé si es el momento —dijo Leonor, con tacto pero firmeza—. Venimos a estudiar, no a buscar marido. Que suene a tópico, pero es que… ¿no es un poco retroceder? Como si el título universitario fuera un adorno hasta que llegue el príncipe azul.
La hermana Carina rio, un sonido genuino que desarmó la tensión, dejó su taza sobre la mesa con un gesto pausado, como si midiera el peso de cada palabra antes de soltarlas. En lugar de responder de inmediato, inclinó la cabeza y preguntó con genuina curiosidad:
—Tienes mucha razón pero, antes de seguir, me gustaría saber: ¿qué pensáis vosotras del amor? No como concepto abstracto, sino en vuestra vida. ¿Lo veis como un obstáculo, un lujo, una necesidad? O quizá… algo que ni siquiera os planteáis ahora.
El silencio se llenó de miradas cruzadas. Leonor, la primera en hablar, ajustó sus gafas con un dedo y respondió sin titubear:
—Yo no quiero un novio. No ahora. Tengo veinte años, una carrera que me apasiona y un montón de cosas que descubrir sin que nadie me espere en casa. Si llega, que sea cuando ya sepa quién soy yo primero. Porque si no, ¿cómo voy a elegir bien a otra persona?
—Pero eso es justo lo que no entiendo —intervino Aina, cruzando los brazos—. ¿Por qué tiene que ser “primero yo, luego el amor”? ¿No se pueden construir las dos cosas a la vez? Yo no busco marido, pero tampoco quiero vivir como si el afecto fuera un premio por haber “triunfado”. Si encuentro a alguien que me haga feliz ahora, ¿por qué esperar?
En ese momento, Aurelia, una chica de pelo castaño y ojos brillantes que hasta entonces había escuchado en silencio, alzó la mano con timidez. Todas la miraron, sorprendidas, porque era la única del grupo que llevaba un anillo de plata en el dedo anular —un detalle que no pasaba desapercibido—.
—Yo… bueno —dijo, sonrojándose un poco—, sí tengo novio. Se llama Daniel, estudia Medicina, y llevamos juntos desde el instituto. —Hizo una pausa, como si temiera ser juzgada, pero luego continuó con más firmeza—. Y no siento que me limite. Al contrario: el amor no es una distracción, es un motor. Cuando estás con alguien que de verdad te apoya, todo es más fácil. Él me ayuda con los apuntes, yo le escucho cuando está agobiado con las prácticas, nos reímos juntos de los profesores insoportables… No es una carga, es un equipo.
—Vale, Aurelia —replicó Montse, con un cigarrillo aun apagado entre los dedos—, pero eso es porque tú has tenido suerte. La mayoría de las relaciones a esta edad son un desastre de inseguridades y dependencia. ¿Cuántas amigas tenemos que lloran porque su novio les controla el móvil o les hace sentir culpables por salir con nosotras?
—Sé que existe eso —admitió Aurelia—, pero no es el amor el problema, sino la gente que no sabe querer. Daniel y yo tenemos nuestras normas: espacio, respeto, proyectos propios. El amor no es poseer, es acompañar. Y si funciona así, ¿por qué renunciar a él?
Berenice, que escuchaba con atención, asintió pensativa.
—Tiene razón en algo: el amor bien entendido no te resta, te suma. Pero, Aurelia… ¿no echas de menos esa libertad absoluta? ¿No te da miedo perderte experiencias por estar “atada”?
Aurelia sonrió, como si esa pregunta le resultara familiar.
—No estoy atada. Elegí estar con él, pero podría elegir no estarlo. La diferencia es que, con Daniel, la libertad no es estar sola, es saber que puedo serlo si quiero. Y eso es más fuerte que cualquier “independencia” impuesta.
—Uf, suenas a película romántica —bromeó Loreto, aunque sin malicia—. Pero oye, si funciona, me alegro. Aunque yo sigo pensando que el amor es como correr una maratón: bonito en teoría, pero agota.
—O como fumar —añadió Marisa, irónica—. Todos dicen que engancha, pero luego ves a alguien que lo hace con estilo y piensas “¿y si me lo estoy perdiendo?”.
La hermana Carina escuchaba con una sonrisa, como si estuviera saboreando cada argumento. Finalmente, intervino:
—Ahí lo tenéis, chicas: el amor como equipo, como riesgo, como libertad, como duda... Aurelia nos recuerda que no es un enemigo de vuestros sueños, sino una forma de vivirlos con alguien. Montse nos advierte de sus peligros. Leonor y Aina debaten si es mejor esperar o dejar que llegue… —Hizo una pausa, mirándolas a todas con complicidad—. ¿Y si la respuesta no es elegir entre amor o independencia, sino aprender a que el uno alimente a la otra?
El silencio que siguió fue distinto: menos tenso, más cargado de posibilidades. Aurelia miró a sus compañeras con una sonrisa tranquila, como si acabara de ganar un punto en un debate que ni siquiera sabía que existía.
—Al final —dijo, encogiéndose de hombros—, el amor no es un plan de estudios, sino una asignatura optativa. Y si encontráis a alguien que valga la pena… merece la pena matricularse ¡Ay, hijas, no me malinterpretéis! —exclamó, agitando una mano—. No os digo que os sentéis en la biblioteca con un letrero de “busco pretendiente”. Pero sí os digo esto: el amor no es un distracción de vuestro desarrollo vital; es parte de el. Sois jóvenes, inteligentes, con el mundo por delante. ¿Y qué hay más humano, más enriquecedor, que construir un vínculo profundo con otra persona? No hablo de casaros mañana, sino de no tener miedo a querer con intensidad. Muchos de vosotras llegaréis a ser abogadas, políticas, artistas… ¿y vais a renunciar a amar por el camino? Eso sí que sería empobreceros.
—Pero hermana —intervino Aina, una catalana de mirada penetrante—, suena a que la universidad es un supermercado de parejas. Como si nuestro valor dependiera de tener un novio.
—En absoluto —replicó Hermana Carina, serena—. Hablo de no cerraros. Sois libres para elegir vuestra vida: solteras, casadas, religiosas… Pero si optáis por el amor, que sea con criterio. Que busquéis a alguien que os desafíe, os respete, os haga mejores. No un trofeo, sino un compañero. Mira a Edith Stein o a Dorothy Day: mujeres brillantes, comprometidas, que amaron sin perder su esencia. El problema no es tener novio; es elegir mal por miedo a la soledad o por presión social.
Marisa frunció el ceño, pensativa.
—Entonces, ¿no es contradictorio? —preguntó—. Nos dicen que nos preparemos para ser independientes, y luego se nos anima a “cultivar” una relación como si fuera un hobby necesario.
—Marisa, querida —la monja inclinó la cabeza—, la independencia no es una isla. Es saber quiénes sois para elegir bien. Si un día encontráis a alguien que valga la pena, que os mire como a una igual, que os haga reír y pensar… ¿por qué rechazarlo? El feminismo no es renunciar al amor; es exigir que ese amor os sume, no os reste.
Montse, que había estado callada, soltó:
—Yo no quiero un novio. Quiero amigos, amantes eventuales, experiencias… Sin ataduras.
La hermana Carina no se inmutó.
—Es una elección posible. Pero os pregunto: ¿no os da pena que muchas jóvenes hoy confundan libertad con incapacidad para comprometerse? Que tengan “amigos con derechos” porque les da miedo decir “te quiero” en serio. El amor, cuando es verdadero, no es una jaula; es un acto de valentía.
Berenice, que hasta entonces escuchaba en silencio, murmuró:
—Pero hermana, hay tiempo para todo. Ahora toca formarnos.
—Claro que sí —asintió la monja—. Pero la vida no es un examen que se aprueba primero para luego vivir. Se vive mientras se aprende. Y el amor, cuando llega, es el mejor profesor.
Hubo un murmullo de asentimientos y disensos. Loreto, práctica como siempre, cambió de tema:
—Bueno, y después de este masterclass romántico… ¿qué opina de lo otro que nos rodea aquí? —Señaló hacia la puerta, donde el olor a humo de tabaco se colaba por el quicio—. Porque en este colegio parece que fumar es casi un sacramento.
Las risas aligeraron el ambiente. La hermana Carina sonrió, pero no eludió la pregunta.
—Ah, el tabaco —dijo, como si hablara del tiempo—. Mira, no soy quien para juzgar. Sé que la Iglesia no lo bendice, pero tampoco lo condena como un pecado mortal. Y os diré más: muchas mujeres admirables fumaban. Simone de Beauvoir, Agatha Christie, Margaret Thatcher… ¿Creéis que su grandeza se redujo por eso?
Las chicas se miraron, sorprendidas. Elena, una rubia tímida, ventilo lo que todas pensaban:
—Pensaba que, siendo monja, diría que es un vicio.
—Y lo es —admitió la hermana Carina—. Pero también es un rito social, una pausa, un gesto que, en su justa medida, puede ser hasta elegante. Aquí no obligamos a nadie, pero tampoco demonizamos. Fumar un cigarrillo en una tertulia, después de cenar, con calma… ¿Donde está el mal? En el exceso, como en todo. No en el acto en sí.
—Pero hermana —protestó Aina—, normalizarlo así parece que esperáis que fumemos. Como si fuera parte del “estilo Eduvigis”.
—Espérate —la monja levantó un dedo—. Nosotras no esperamos nada. Simplemente, no prohibimos lo que no es intrínsecamente malo. Si una chica fuma con moderación, sin esclavizarse, ¿por qué escandalizarnos? Lo peor sería que lo hicierais a escondidas, con culpa. Aquí aprendéis a elegir con conciencia, no por imposición.
Marisa sintió que el suelo se movía bajo sus ideas preconcebidas. ¿Una monja defendiendo el tabaco? ¿Animándolas a tener novios sin prisa pero sin pausa? Era como si el Eduvigis, con su mezcla de tradición y audacia, desdibujara todas las líneas que ella creía fijas.
—Entonces, según usted —resumió Loreto, irónica—, lo ideal es: estudiar un grado, enamorarse del alma gemela y fumar cigarrillos con clase.
La hermana Carina soltó una carcajada.
—¡No, hija! Lo ideal es que viváis con intensidad, sin miedos ni hipocresías, porque la vida es un don de Dios y hay que valorarlo. Que améis vuestra carrera, que améis a quien merezca la pena, y que hasta un cigarrillo, si lo hay, sea vuestra decisión, no un reflejo. Eso es ser adultas. Eso es ser libres. Eso es el “Estilo Eduvigis”.
El silencio que siguió fue denso, cargado de preguntas nuevas. Berenice rompió el hielo:
—Vale. Pero ¿y si no queremos ni novio ni cigarrillos?
La monja la miró con ternura.
—Entonces, querida, que sea por convicción, no por inercia ni por timidez. Porque lo peor no es equivocarse; es no elegir.
Afuera, el crepúsculo teñía los jardines del Eduvigis de un dorado melancólico. Cuando las chicas salieron del salón, el aire olía a tierra mojada y a humo lejano. Montse encendió un cigarro con gesto teatral.
—¿Os ha dejado tan alucinadas como a mí? —preguntó, exhalando el humo hacia el cielo.
Marisa no respondió. Miraba sus manos, limpias de nicotina, pero de pronto más ligeras, como si acabara de soltar un peso que ni sabía que llevaba.
—Oye —dijo Loreto, dándole un codazo—, ¿crees que la hermana Carina fuma?
Montse rio.
—Con lo que acaba de soltar, no me extrañaría.
Y entre risas y dudas, las chicas del Eduvigis siguieron caminando, sabiendo que, otra vez, nada era tan simple como parecía.
El fuego que no era
Marisa salió del comedor universitario con la carpeta bajo el brazo y el pelo algo despeinado por el viento que se colaba entre los edificios del campus. El olor a frito y café barato aún le impregnaba la ropa, pero le gustaba ese ambiente bullicioso, tan distinto de la elegancia medida del Eduvigis. Mientras ajustaba el bolso, una voz a su espalda la interrumpió:
—Oye, ¿tienes fuego?
Se giró y vio a una chica morena, con un cigarrillo entre los labios y una chaqueta de cuero que olía a tabaco frío. Marisa negó con la cabeza, sonriendo con disculpa.
—Lo siento, no fumo.
La chica la miró con sorpresa, como si acabara de confesar que no respiraba oxígeno.
—Ah, pensé que eras del Eduvigis Soriano —dijo, con un tono que mezclaba curiosidad y decepción—.
Marisa sintió ese pinchazo de incomodidad que le provocaba el estereotipo. Como si el colegio mayor las convirtiera en clones de humo y elegancia postiza.
—Soy del Eduvigis —aclaró, cruzándose de brazos—, pero no fumo. No es un requisito, aunque a veces lo parezca.
La chica asintió, rebuscando por sus bolsillos en busca de un mechero.
—Vaya, qué rareza —bromeó—. Bueno, suerte entonces.
Marisa iba a responder, pero en ese momento una voz conocida la llamó desde el lado opuesto del pasillo:
—¡Zalaeta!
Era Saulo, que se acercaba con las manos en los bolsillos de su cazadora vaquera, dejando atrás a dos amigos que seguían caminando hacia la biblioteca. Tenía ese aire informal, algo desordenado, que contrastaba con la pulcritud del Eduvigis, como si llevara el desorden de la residencia masculina pegado a la ropa.
—¿Qué haces aquí fuera? —preguntó, deteniéndose frente a ella—. Pensé que las del Eduvigis solo salían en limusina.
Marisa rio, aliviada por el cambio de conversación.
—Algunas csalimos a pasear a veces —dijo, señalando el comedor con la cabeza—. Aunque después me arrepiento: la comida de aquí sabe a cartón recalentado.
—El precio de la libertad —Saulo se encogió de hombros, sonriendo—. Pero bueno, al menos no tenéis que lavar los platos como en mi residencia. Allí si no friegas, te friegen a ti.
Se quedaron un momento en silencio, mirándose con esa complicidad que solo tienen quienes comparten un pasado sin haberlo vivido del todo. El viento movía las hojas secas a sus pies, y Marisa notó cómo el estómago le daba un pequeño vuelco, como cuando se asoma uno a un sitio alto sin barrandilla.
—¿Quedamos mañana? —preguntó Saulo de pronto, como si la idea acabara de ocurrírsele—. Hay una cafetería cerca de la facultad de Filología que hace unos cafés decentes. Y no es el Eduvigis, así que no tendrás que vestirte de etiqueta.
Marisa sonrió, sintiendo que el corazón le latía un poco más rápido.
—Vale —asintió—. Pero no me hagas arrepentirme.
—Prometo no hablar de micología —dijo él, levantando las manos en señal de rendición—. Bueno, no demasiado.