Eduvigis Soriano: segunda parte.
Esta narración es la segunda parte del relato “Eduvigis Soriano”. Si no las has leído antes, puedes leer la primera parte aquí.
Al día siguiente, Marisa llegó cinco minutos antes a “El Rincón del Gato”, un local pequeño con paredes llenas de pósters de películas antiguas y el aroma a café recién molido flotando en el aire. Saulo ya estaba allí, sentado en una mesa junto a la ventana, con un libro abierto —”El nombre de la rosa”, vio ella al acercarse— y una taza humeante frente a él.
—Llegas puntual —dijo, cerrando el libro—. Eso o te aburres soberanamente en el Eduvigis.
—Las dos cosas —Marisa se sentó, quitándose la chaqueta—. Aunque hoy he tenido suerte: la hermana Rufina no me ha pillado saliendo sin el uniforme reglamentario.
Saulo rio, pidiendo otro café con un gesto al camarero.
—O sea que os controlan hasta la ropa —comentó, sirviéndole azúcar a Marisa sin preguntar (ella se dio cuenta de que lo recordaba de cuando estudiaban juntos en el instituto).—. En mi residencia nos controlan el horario de llegada, pero al menos nadie me obliga a llevar corbata.
—En el Eduvigis no es tan extremo —aclaró ella, removiendo el café—. Pero sí hay… un código. Cenas con mantel, talleres de protocolo, cigarrillos en pitilleras de plata como si fuéramos diplomáticas de los años cincuenta.
Saulo arqueó una ceja, divertido.
—¿Cigarrillos? ¿En serio? Pensaba que eso era cosa de películas.
—Oh, es muy real —Marisa suspiró—. Aunque yo me resisto. Me niego a creer que fumar me va a hacer más interesante.
—Bueno, a mí me pareces interesante sin humo —dijo Saulo, y por un segundo sus miradas se encontraron un poco más de lo necesario—. Pero cuéntame más de ese lugar. Suena a internado de espías elegantes.
Marisa le habló entonces del Eduvigis: de las monjas modernas y las veteranas, de las cenas que parecían sacadas de una novela de Jane Austen, de cómo a veces sentía que vivía en un escenario donde todas menos ella sabían cuál era su papel. Saulo escuchaba con atención, apoyando la barbilla en la mano, riendo cuando ella imitaba el acento afectado de Helena Sempert al hablar de “presencia personal”.
—A mí me toca la residencia San Lorenzo —confesó él después—, que es básicamente un edificio de los años setenta con olor a sopa de sobre y horarios de monasterio. Pero bueno, al menos hay libertad. Aunque a veces echo de menos un poco de… orden, supongo. O al menos que no huele a calcetines olvidados en el lavabo.
Marisa se rio.
—Eso sí que no lo tenemos en el Eduvigis. Allí hasta los ceniceros huelen a lavanda.
—Qué vida más rara la vuestra —Saulo negó con la cabeza, sonriendo—. Entre pitilleras y protocolos… ¿Y qué tal lo de Derecho? ¿Ya te sientes como una abogada de las de película?
—Más bien como una impostora —admitió ella, jugando con la cuchara—. Pero hay momentos… Como cuando el profesor de Romano nos hizo un juicio simulado y me tocó defender a un tipo acusado de robar gallinas. Gané el caso. Y fue la hostia.
Saulo la miró con admiración.
—Claro que ganaste. Siempre fuiste la mejor hablando en público.
Marisa sintió el calor subirle por las mejillas. “Lo recordaba”. Recordaba cómo, en segundo de Bachillerato, Saulo le había pasado un papelito que decía “Deberías ser abogada. O actriz. O las dos” después de que ella diera un discurso improvisado en clase de Literatura.
—¿Y tú? —preguntó, cambiando de tema antes de que el silencio se volviera incómodo—. Filología… ¿Qué tal?
Saulo se animó al instante, como siempre que hablaba de algo que le apasionaba.
—Mejor de lo que esperaba —dijo, señalando el libro que tenía sobre la mesa—. Aunque ahora mismo estoy obsesionado con algo que no tiene nada que ver: micología.
—¿Setas? —Marisa arqueó una ceja, sorprendida.
—¡Setas! —Saulo se inclinó hacia adelante, entusiasta—. Hay un bosque cerca del campus donde salen senderuelas en otoño. Son comestibles, pero solo si las cocinas bien, porque crudas son tóxicas. Es como… una metáfora de la vida.
Marisa soltó una carcajada.
—¿Y eso?
—Pues que las cosas buenas a veces requieren un poco de riesgo —explicó él, sonriendo—. Si las evitas por miedo, te pierdes algo increíble.
Marisa lo miró, y de pronto el café, la cafetería, incluso el ruido de la calle, parecieron desvanecerse un poco. Era fácil hablar con él. Demasiado fácil.
—¿Y qué más te apasiona, aparte de los hongos venenosos? —preguntó, bajando la voz sin querer.
Saulo se recostó en la silla, pensativo.
—La poesía de los siglos de oro —dijo—. El fútbol (aunque soy pésimo jugando). Las noches de lluvia cuando suenan bien en el tejado. Y… —hizo una pausa, mirándola— las segundas oportunidades.
Marisa sintió que el aire se espesaba entre ellos. Segundas oportunidades. Como si el universo les hubiera dado este café, esta conversación, este momento, para enmendar lo que no se atrevieron a hacer años atrás.
—¿Y si quedamos otro día? —preguntó Saulo, rompiendo el silencio—. Podría enseñarte a reconocer setas. O, si prefieres algo menos arriesgado… ir al cine.
Marisa sonrió. No necesitaba pensarlo.
—Mejor lo segundo —dijo—. Por ahora.
La noche de las posibilidades
El cuarto del Eduvigis olía a lavanda y a las páginas recién pasadas de un libro de Derecho Romano. Marisa se quitó los zapatos con un suspiro, dejando que los pies respiraran sobre el suelo frío. Montse ya dormía, envuelta en su edredón naranja, con el pelo revuelto y un paquete de Nobel en la mesilla. Afuera, la luna dibujaba sombras alargadas en el jardín, dando a las azaleas un aire de cuento, como si el mundo entero estuviera en pausa, esperando a que alguien decidiera qué hacer con él.
Se tumbó en la cama, pero el sueño no llegaba. En su lugar, las palabras de Saulo resonaban en su cabeza como una canción que no puedes sacar de la mente: “las segundas oportunidades”, “las cosas buenas requieren un poco de riesgo”. Y, sobre todo, la forma en que la había mirado al decirlo, como si ella fuera algo valioso que él llevaba años esperando redescubrir.
Le gustaba. Lo sabía desde hacía tiempo, desde aquel “quizás otro día” que nunca llegó a ser nada. Pero ahora ya no eran adolescentes, y el mundo ya no era el patio del instituto. Ahora eran dos personas sentadas en una cafetería, hablando de setas y de poesía, riéndose de los mismos chistes, como si el tiempo hubiera conspirado para darles otra oportunidad.
Y entonces, como un eco, las palabras de la hermana Carina le vinieron a la mente: “El problema no es tener novio; es no cultivar un amor profundo, no desarrollar vínculos intensos y limitarse a tener amigos especiales y ligues”. Marisa se revolvió entre las sábanas. ¿Era eso lo que estaba haciendo? ¿Dejar pasar algo real por miedo a que no fuera perfecto? ¿O por miedo a perderse otras experiencias?
Porque, aunque Saulo le gustaba —y mucho—, también sentía curiosidad por otras cosas. Por cómo Inés Maya la miraba a veces, con esa sonrisa entre irónica y cómplice, como si compartieran un secreto. Por la elegancia de Helena Sempert, que hacía que hasta el gesto de encender un cigarrillo pareciera un acto de autoafirmación sofisticada. Por Jimena Aller, con esa voz grave y esa seguridad que hacía que Marisa se preguntara qué se sentiría al estar cerca de alguien así, alguien que parecía tener las respuestas a preguntas que ella ni siquiera se atrevía a formular.
No era que sintiera lo mismo por ellas que por Saulo. No era eso. Pero sí había algo… una atracción por lo desconocido, por la posibilidad de descubrir qué se escondía detrás de ciertas miradas, ciertos gestos. ¿Cómo sería besar a una chica? ¿Cómo sería dejar que otra mujer la entendiera de una forma distinta? No era un deseo urgente, sino una curiosidad suave, como la de probar un plato exótico en un menú: no sabes si te gustará, pero quieres tener la opción de descubrirlo.
“Si elijo a Saulo —pensó, mordiéndose el labio—, ¿estoy cerrando otras puertas?”
Pero luego venía la otra voz, la más sensata, la que sonaba como su madre o como la hermana Carina: “Marisa, no puedes vivir en el 'qué pasaría si' eternamente. A veces, elegir una cosa no significa renunciar a todo lo demás. Significa decidir vivir.”
Se incorporó, apoyando la espalda contra la fría pared. Montse resopló en sueños y se dio la vuelta. Marisa miró el reloj: las dos de la madrugada. Demasiado tarde para dudas, demasiado temprano para rendirse.
Pensó en Saulo, en cómo la había hecho reír esa tarde, en cómo se sentía cómoda a su lado, como si no tuviera que fingir nada y en la sensación de que cierta energía fluía entre sus cuerpos cuando estaban juntos. Pensó en lo fácil que era hablar con él, en lo bien que encajaban sus silencios. No era perfecto, pero era real. Y quizá, al final, eso era lo más importante.
Pensó en todas las veces que había imaginado este momento, en todas las noches en las que se había preguntado “¿y si…?” sin atreverse a dar el paso. Ya estaba harta de esperarse.
Se levantó, buscó el móvil entre las sábanas y tecleó un mensaje antes de que el miedo la detuviera:
“Saulo. Mañana por la tarde, después de clase, ¿ese cine? Elijo yo la película. Pero aviso: si es mala, te culpo a ti.”
Lo envió.
Luego se tumbó de nuevo, con el corazón acelerado y una sonrisa tonta en la cara.
No tenía todas las respuestas. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba eligiendo algo. Y eso, al menos, era un comienzo.
“El amor no es una jaula —pensó, cerrando los ojos—. Es un riesgo. Y los riesgos, a veces, valen la pena.”
Y con esa idea, por fin, el sueño llegó.
El arte de sostener el mundo entre los dedos
El salón de protocolo del Eduvigis Soriano olía a cera abrillantadora y a madera de sándalo recién pulida. Las cortinas de terciopelo granate, corridas hasta la mitad, dejaban pasar una luz dorada y tamizada que dibujaba rectángulos perfectos sobre el suelo de parqué. En el centro de la sala, una mesa larga, vestida con un mantel de algodón y servilletas bordadas con el escudo del colegio, esperaba a las alumnas. Sobre ella, platos de porcelana, copas de cristal tallado y un juego de cubiertos que brillaban como si acabaran de ser sacados de un cofre de plata.
Casilda Buendía, vestida con un traje sastre de lana gris perla y un broche de ámbar en el cuello, observaba a las chicas con una sonrisa que era mitad desafío, mitad complicidad. A su lado, sobre una bandeja de plata, descansaban varias pitilleras de latón y cristal, cada una con cigarrillos de tabaco rubio y negro. Junto a ellas, un pequeño joyero abierto exhibía collares de bisutería, anillos de plata y pendientes de cristal, destinados a simular el peso y el brillo de las joyas reales.
—Bienvenidas, señoritas —dijo Casilda, con esa voz pausada que convertía cada palabra en un axioma—. Hoy no vamos a aprender a comer. Vamos a aprender a ser. Se acercó a la mesa, tomó un cigarrillo de la pitillera y lo sostuvo entre los dedos, sin encenderlo, como si fuera un pincel. A ser dueñas de la situación, no rehenes de ella.
Marisa, sentada junto a Loreto y Berenice, observaba la escena con una mezcla de fascinación y escepticismo. A su lado, Montse ya tenía un Ducados entre los labios, aunque aún no lo había encendido. Enfrente, Inés Maya, la delegada de cuarto, sonreía con esa ironía elegante que siempre parecía decir: “Ya veréis”.
—Cada una de vosotras tomará un cigarrillo y una pieza de bisutería —continuó Casilda, señalando el joyero—. No importa si fumáis o no. Hoy, el cigarrillo es un accesorio. Un punto final a vuestra presencia. Y las joyas, aunque sean de fantasía, os recordarán que una mujer con estilo no necesita gritar para ser escuchada.
Marisa dudó un instante, pero finalmente tomó un Fortuna light de la pitillera y un collar de cuentas de vidrio azul que imitaban el zafiro. Lo colocó alrededor de su cuello, sintiendo el peso frío y artificial sobre la clavícula. El cigarrillo, entre sus dedos, era un objeto extraño e incómodo. No por el tabaco, sino por lo que representaba: un gesto que no era suyo, pero que, de algún modo, empezaba a entender.
—Ahora, imaginad esto —dijo Casilda, caminando alrededor de la mesa con la gracia de una actriz—. Sois invitadas a una cena de gala. A vuestro lado, un comensal os pregunta por vuestra opinión sobre un tema polémico: la legalización de las drogas blandas. Debéis responder con elegancia, sin titubear, sin dejar que el cigarrillo —o su ausencia— os distraiga. Y recordad: el humo, si lo hay, debe ser un aliado, no un enemigo.
Montse encendió su cigarrillo con un gesto teatral, exhalando el humo hacia un lado con la práctica de quien lo ha hecho durante años. Inés Maya, en cambio, sostuvo el suyo sin prisa, como si estuviera a punto de dictar una sentencia. Marisa, con el Fortuna aún apagado entre los dedos, sintió el peso de las miradas. No era solo una simulación. Era un examen.
—Señoritas —intervino Casilda, deteniéndose junto a Marisa—, el cigarrillo no es un vicio aquí. Es una herramienta. Un gesto que os da tiempo para pensar, para modular la voz, para afirmar vuestra presencia. No tenéis que encenderlo. Pero si lo hacéis, que sea con intención.
Marisa miró el cigarrillo, luego a Casilda, y finalmente a sus compañeras. Loreto, que no fumaba, sostenía el cigarrillo como si fuera un lápiz, con una sonrisa irónica. Berenice, en cambio, lo había dejado sobre la mesa, como si prefiriera no tocarlo. Pero entonces, algo inesperado ocurrió: Alicia, una chica callada de primer curso, que siempre llevaba el pelo recogido en una coleta perfecta y nunca había mostrado interés por el tabaco, tomó el mechero de plata, encendió su cigarrillo y dio una calada lenta, casi ceremoniosa.
El silencio en la sala fue breve, pero intenso. Casilda asintió, satisfecha.
—Bien, Alicia —dijo, con un tono que era pura aprobación—. Así es como se hace. Con calma, con estilo. Sin disculpas.
Marisa sintió un pinchazo de curiosidad, de envidia incluso. No por el cigarrillo, sino por la seguridad con la que Alicia lo había encendido, como si de pronto hubiera descubierto un lenguaje secreto. ¿Qué se sentiría al romper, aunque fuera por un instante, las reglas que una misma se había impuesto?
—Marisa —la voz de Casilda la sacó de sus pensamientos—. **¿Qué opinas tú sobre el tema?
Marisa alzó la vista, sosteniendo el cigarrillo apagado con más firmeza. No era el tabaco lo que le interesaba. Era la sensación de control, de poder decidir, de que un gesto tan pequeño pudiera cambiar la forma en que los demás la veían.
—Creo —dijo, con una voz más serena de lo que esperaba— que la legalización no es solo un debate sobre salud o moral. Es un debate sobre libertad. Y la libertad, señoras —aquí alzó el Fortuna, como si fuera un micrófono—, no se mide por lo que permitimos, sino por cómo lo hacemos.
Casilda sonrió, orgullosa. No importaba si el cigarrillo estaba apagado. Lo importante era cómo lo sostenía.
—Exacto —dijo, dirigiéndose a todas—. Eso es presencia. Eso es estilo. Y eso, señoritas, es lo que os hará inolvidables.
Al terminar la sesión, mientras las chicas salían del salón entre risas y comentarios, Marisa se quedó un momento atrás, observando el cenicero de cristal donde Alicia había apagado su Chesterfield. No era el humo lo que la intrigaba. Era la posibilidad. La de elegir, de equivocarse, de descubrir que, a veces, los gestos más pequeños son los que más dicen de una.
—¿Te animas? —le preguntó Montse, ofreciéndole un cigarrillo de su paquete.
Marisa sonrió, negando con la cabeza.
—No, gracias —dijo, guardando el Fortuna sin usar en el bolsillo de su chaqueta—. Pero ya no lo descarto.
Y con eso, salió al pasillo, donde el olor a azaleas y a humo lejano le recordó que, en el Eduvigis, nada era tan simple como parecía. Ni siquiera ella misma.
Las citas y los secretos compartidos
I. Café y confidencias
El otoño en la ciudad se había instalado con una suavidad engañosa: las mañanas eran frescas, pero el sol de las tardes seguía siendo generoso, como si el tiempo supiera que los estudiantes necesitaban luz para no rendirse ante los primeros exámenes. Marisa y Saulo se veían cada vez con más frecuencia, siempre en lugares que no fueran el Eduvigis ni la residencia de él: cafeterías de barrio, bancos del parque, incluso una vez en la biblioteca municipal, donde susurraron entre mesas y anaqueles de diseño moderno como si fueran cómplices de un secreto.
En su tercera cita, Saulo la llevó a un local pequeño cerca de la facultad de filología, un sitio con paredes de ladrillo visto y mesas de madera gastada. Allí, entre tazas de café con leche y un plato de magdalenas artesanales, hablaron de todo y de nada.
—¿Y qué tal el Eduvigis? —preguntó Saulo, apoyando la barbilla en la mano—. ¿Siguen con lo de los cigarrillos y las cenas de gala?
Marisa rio, removiendo el azúcar en su taza. —Siguen. Aunque ya no me parece tan raro. Es como vivir en una película en blanco y negro, pero con wifi.
—¿Y tú? ¿Sigues resistiéndote a fumar?
—Como a los exámenes de Romano —bromeó ella—. Aunque… —hizo una pausa, juguetona— ya no me escandaliza tanto. Incluso he pensado en probar, solo para ver qué se siente.
Saulo la miró con curiosidad, sin juzgar. —¿Y?
—Y nada —Marisa se encogió de hombros—. No lo he hecho. Pero ya no lo descarto de manera tan absoluta como antes.
Saulo sonrió, como si esa pequeña confesión le gustara más de lo que quería admitir. —Eres la única persona que conozco que analiza el fumar como si fuera un problema filosófico.
—Alguien tiene que hacerlo —replicó ella, riendo—. Pero hablemos de ti. ¿Sigues obsesionado con las setas?
—Y con la poesía de Quevedo —admitió él—. Y contigo.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue como un suspiro compartido, como si ambos supieran que estaban cruzando una línea, pero sin prisa.
II. Las amigas y sus historias
Esa misma noche, en la salita del pasillo del Eduvigis, Marisa se encontró con Montse, Loreto y Berenice. Montse fumaba un Ducados y Loreto hojeaba una revista de deporte mientras Berenice repasaba apuntes.
—¿Y bien? —preguntó Montse, soplando el humo hacia el techo—. ¿Cómo va lo de Saulo?
Marisa no pudo evitar sonreír. —Bien. Muy bien.
—¡Por fin! —exclamó Loreto, cerrando la revista—. Pensé que os ibais a quedar en el “casi” eternamente.
—Yo también —admitió Marisa—. Pero es distinto ahora. Hablamos de todo, nos reímos… Es fácil estar con él.
Berenice la miró con complicidad. —Se nota. Tienes otra cara cuando vuelves de verlo.
—¿Y vosotras? —preguntó Marisa, curiosa—. ¿Nada nuevo por vuestro lado?
Montse soltó una risa, apagando el cigarrillo en el cenicero de cobre. —Pues mira, yo conocí a un chico en una asamblea del sindicato de estudiantes. Se llama Pablo, estudia Sociología y tiene unas ideas que… bueno, digamos que no son exactamente las mías, pero es interesante.
—¿Interesante o guapo? —preguntó Loreto, burlona.
—Las dos cosas —admitió Montse, sin pudor—. Aunque no sé si llegará a más. Él es muy de “revolución ahora”, y yo soy más de “primero, mi carrera”.
—Yo conocí a alguien en la biblioteca —dijo Berenice, sorpresivamente—. Se llama Javier, es de Medicina y… bueno, es muy tranquilo. Me ayuda con la burocracia universitaria.
—¿Y? —preguntó Marisa, intrigada.
Berenice se sonrojó levemente. —Y nada. Solo hablamos. Pero es agradable.
Loreto cruzó los brazos, sonriendo. —Pues yo sigo soltera y feliz. Aunque si aparece alguien que me haga reír como Saulo te hace reír a ti, Marisa, igual me lo pienso.
Las cuatro rieron, y por un momento, el humo de los cigarrillos, las risas y los planes futuros se mezclaron en el aire, como si el Eduvigis no fuera solo un lugar de reglas y protocolos, sino también de posibilidades.
III. La lluvia y los paraguas compartidos
Una tarde, mientras Marisa salía de la facultad, el cielo se abrió sin aviso. La lluvia cayó de golpe, fría y persistente, y ella, sin paraguas, se refugió bajo el alero de un edificio. No tuvo que esperar mucho: Saulo apareció corriendo con un paraguas negro, grande, que cubría a los dos sin problema.
—¿Siempre apareces cuando más falta haces? —preguntó Marisa, riendo mientras se acercaba a él.
—Solo cuando llueve —respondió Saulo, ofreciéndole el brazo—. Vamos, que se nos va a mojar el estilo.
Caminaron juntos por las calles empedradas, el sonido de la lluvia sobre el paraguas creando una burbuja íntima a su alrededor.
—¿Sabes? —dijo Saulo, después de un rato—. Me gusta cómo eres. No solo porque seas lista o guapa, sino porque siempre pareces estar en el lugar correcto, incluso cuando dudas.
Marisa lo miró, sorprendida por la sinceridad de sus palabras. —Eso es porque el Eduvigis me enseña a fingirlo —bromeó, aunque en el fondo sabía que no era del todo cierto.
Saulo se detuvo, bajo la lluvia, y la miró a los ojos. —No es fingir. Es ser tú. Y eso es lo que más me gusta.
Y entonces, sin más preámbulos, la besó. Fue un beso suave, bajo la lluvia, con el olor a tierra mojada y el sonido del agua cayendo a su alrededor. Marisa cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no pensó en nada más.
IV. Confesiones entre amigas
Al día siguiente, en el comedor del Eduvigis, Marisa compartió mesa con sus amigas. Montse, Loreto y Berenice la miraban con expectación.
—¿Y bien? —preguntó Loreto, con una sonrisa pícara—. ¿Cómo fue el beso?
Marisa no pudo evitar sonrojarse. —Fue… perfecto. Como si lleváramos años esperando a hacerlo.
Montse aplaudió, divertida. —¡Por fin! Saulo es un tío con suerte.
—Y tú eres una tía con suerte —añadió Berenice—. Se nota que os queréis.
Marisa asintió, sintiendo que, por primera vez, todo encajaba. —Creo que sí. Y lo mejor es que no tengo que elegir entre él y el Eduvigis, ni entre él y mis planes. Es como si, de repente, todo pudiera caber.
Loreto alzó su vaso de agua. —Brindo por eso. Por el amor que no estorba, sino que suma.
Las cuatro chocaron sus vasos, riendo, mientras el comedor seguía su ritmo de siempre: manteles impecables, platos de porcelana y, en el aire, el aroma a pan recién horneado y a cigarrillos lejanos.
Y así, entre citas, risas y confidencias, Marisa descubrió que enamorarse no era perderse, sino encontrarse en alguien más.
El humo y los privilegios
El salón de estar del segundo piso del Eduvigis olía a jazmín y a tabaco rubio. Marisa y Loreto, sentadas en un sofá de terciopelo verde, observaban desde la distancia cómo Helena Sempert, con su elegancia habitual, charlaba con Montse junto a la ventana. Ambas sostenían un cigarrillo entre los dedos, y Montse fumaba con un estilo más parecido al de Helena que antes, mimetizando su compostura, mientras charlaban con elegancia y gestos pausados y elegantes.
—Mira qué estilazo ha cogido —comentó Loreto en voz baja, sin apartar la vista de la escena—. Parece que lleva años fumando con elegancia.
—Helena la ha convertido en un proyecto personal —respondió Marisa, cruzando los brazos—. Como si Montse fuera una escultura a la que solo le faltaban los últimos retoques.
Ambas guardaron silencio un momento, observando cómo Helena reía de algo que Montse decía, cómo le ajustaba el cuello de la blusa con un gesto casi maternal. Era innegable: Montse había cambiado. No solo en la forma de fumar, sino en cómo la trataban. Las monitoras, las veteranas… incluso las monjas más estrictas le dirigían miradas de complicidad, como si al encender un cigarrillo accediera a un círculo invisible de madurez.
—Oye, ¿a vosotras no os parece…? —empezó Loreto, bajando aún más la voz—-Que desde que Montse fuma con más estilo, la tratan diferente. Como si de repente fuera más adulta, más… digna de confianza.
Marisa asintió, pensativa. —Yo también lo he notado. Y no es solo Montse. A Alicia, desde que encendió ese pitillo en la clase de Casilda, le hablan con otro tono. Como si fumar fuera un pasaporte a ser tomada en serio.
—O a que te dejen en paz —añadió Loreto, irónica—. Porque, vamos a ver, ¿quién decide que fumar te hace más mayor? ¿O es que las no fumadoras somos las eternas niñas del colegio?
En ese momento, Berenice se acercó a ellas con una taza de té humeante entre las manos. Se sentó en el brazo del sofá, escuchando el final de la conversación.
—Os he oído —dijo, con voz tranquila—. Y no sois las únicas que lo han notado.
—¿El qué? —preguntó Marisa, girándose hacia ella.
—Que aquí, sin decirlo, las que no fumamos somos las que más turnos de cuadrilla tenemos —Berenice bajó la voz, como si temiera que alguien la escuchara—. Fijaos: a Montse casi nunca le toca limpiar el comedor desde que vieron que fuma. A Alicia le han quitado el turno de recoger las salitas. En cambio, a nosotras… —hizo una pausa, señalando con la cabeza hacia el cuadro de tareas colgado en el corcho de la entrada— nos toca el doble.
Loreto frunció el ceño. —Joder, es verdad. A mí me ha tocado tres veces este mes poner la mesa en las cenas de gala. Y siempre soy yo la que tiene que quedarse hasta el final, recogiendo copas.
—Y a mí —añadió Marisa— me asignaron limpiar la capilla dos veces seguidas. La hermana Teodora dijo que era porque “tenía manos tranquilas”.
Berenice asintió, seria. —No es casualidad. Parece que, como no fumamos, tenemos más tiempo para las tareas. Como si fumar fuera un privilegio y no fumar, una condena a ser la sirvienta del colegio.
Las tres se quedaron en silencio, procesando la idea. No era una acusación, ni siquiera una queja. Era una observación que, una vez hecha, resultaba imposible ignorar.
—Pero, ¿por qué? —preguntó Marisa, más para sí misma que para sus amigas— ¿Por qué fumar te hace más… respetable?
—Porque aquí el cigarrillo no es un vicio —respondió Loreto, con un dejo de amargura—. Es un símbolo. De sofisticación, de mundo, de “yo ya no soy una niña”. Y si no fumas, es como si aún llevaras coletas.
Berenice suspiró, mirando su taza de té. —O como si fuéramos menos interesantes. Las que fuman —o fingen fumar— son las que tienen conversaciones profundas en las salitas. Las que no, somos las que servimos el vino y recogemos los ceniceros.
Marisa sintió un nudo en el estómago. No era solo el Eduvigis. Era algo más grande, más difuso: la idea de que, para ser tomada en serio, una mujer joven debía adoptar ciertos gestos, ciertos códigos. Incluso si esos códigos incluían quemarse los pulmones con elegancia.
—Pero nosotras no vamos a empezar a fumar solo por eso —dijo Loreto, con firmeza—. ¿O sí?
Marisa negó con la cabeza, decidida. —No. Si empiezo a fumar, que sea porque quiero, no porque aquí me valoren m más. Aunque… —hizo una pausa, mirando hacia Helena y Montse, que seguían charlando junto a la ventana— a veces cuesta no preguntarse qué nos estamos perdiendo.
Berenice puso una mano en su hombro. —Nada que valga la pena —dijo, con convicción—. Y el respeto no debería depender de que consumas.
Loreto sonrió, irónica. —Bueno, al menos nos queda una cosa: somos las únicas que no tenemos que lavar ceniceros. Eso es un privilegio, ¿no?
Las tres rieron, aunque el humor tenía un regusto amargo. Porque, al final, el Eduvigis seguía siendo un lugar de reglas no escritas, de jerarquías invisibles, de gestos que valían más que las palabras. Y ellas, sin quererlo, estaban aprendiendo a navegar entre ellas.
—Oye —dijo Marisa, de pronto, con una sonrisa traviesa—. ¿Y si la próxima vez que nos toque recoger el comedor, lo hacemos con un cigarrillo apagado en la mano? Solo para ver qué pasa.
Loreto y Berenice la miraron, sorprendidas, antes de estallar en risas.
—Eso —dijo Loreto— sería un acto de rebeldía muy Eduvigis.
Y así, entre risas y reflexiones, las tres amigas decidieron que, aunque no fumaran, no dejarían que nadie decidiera por ellas qué significaba ser adultas.
El gesto inesperado
El campus bullía con el ritmo de un mediodía de octubre: estudiantes con mochilas desbordadas, grupos de amigos riendo junto a los bancos, el olor a café barato mezclado con el de las hojas secas que el viento arrastraba por los senderos. Marisa caminaba al lado de Saulo, discutiendo con entusiasmo sobre destinos de viaje.
—¿Japón o Kenia? —preguntó Saulo, ajustándose la mochila—. Pero si viajáramos con un perro, Marisa, no sería lo mismo.
—¡Japón! —insistió ella—. Imagínate a un shiba inu corriendo por los templos de Kioto. Sería como un anuncio de película.
Saulo se rio, sacudiendo la cabeza. —Un perro en Kenia vería elefantes. Eso sí que es una experiencia.
—O leones —replicó Marisa, dramática—. Y no quiero que mi perro sea comida de leones.
—¡No se lo comerían! —protestó Saulo, riendo—. Sería el perro más exótico del safari.
Estaban tan absortos en la discusión que casi no vieron a Nerea Salvatierra salir de la facultad de Sociología, acompañada de otras dos chicas. Nerea, con su pelo castaño recogido en una coleta baja y una chaqueta de cuero que le daba un aire más maduro, se detuvo un instante para buscar algo en su bolsillo. Sacó un paquete de tabaco, extrajo un cigarrillo con gestos precisos y lo colocó entre los labios con una naturalidad que llamó la atención de Marisa. Luego, con un movimiento fluido, encendió el mechero y acercó la llama al extremo del cigarrillo. La calada fue lenta, casi ceremoniosa, como si cada segundo del gesto estuviera medido: los dedos sosteniendo el cigarrillo con elegancia, el hombro ligeramente relajado, la cabeza inclinada hacia un lado mientras el humo salía en un hilo delgado y pausado.
—¡Nerea! —la llamó Marisa, levantando la mano.
Nerea alzó la vista, sorprendida pero contenta, y se acercó con una sonrisa, el cigarrillo aún entre los dedos. —¡Marisa! ¿Qué haces por aquí?
—Discutiendo sobre viajes con perros —respondió Marisa, señalando a Saulo—. Pero dime, ¿desde cuándo fumas?
Nerea exhaló el humo con suavidad, como si disfrutara del ritmo del gesto. —Hace un par de semanas —confesó, con una sonrisa cómplice—Unas compañeras del Eduvigis me animaron a probar, y… —hizo una pausa, buscando las palabras— me encantó. No el primer cigarrillo, pero experimenté un poco y pronto le encontré el gusto.
Marisa la miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Nerea siempre había sido de las no fumadoras más firmes. —¿Tan rápido? —preguntó, medio en broma, medio en serio—. Pensé que éramos las rebeldes no fumadoras del Eduvigis.
Nerea rio, dando otra calada, esta vez más profunda, como si el sabor del tabaco le recordara algo placentero. —Rebelde es quien decide, Marisa —dijo, con voz serena—. Y al final decidí probar. No es un drama, es… —cerró los ojos un instante, como si buscara la palabra exacta— un placer. Un hábito estimulante y significativo.
Saulo, que hasta entonces había escuchado en silencio, miró a Marisa con curiosidad. —¿Todas en el Eduvigis fumáis?
—¡No! —protestó Marisa, aunque el tono sonó más defensivo de lo que pretendía— Bueno, muchas sí. Pero no es obligatorio.
Nerea asintió, con una sonrisa cómplice, mientras sostenía el cigarrillo entre los dedos con una elegancia que parecía innata. —Pero ayuda —admitió, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Te tratan diferente. Como si de pronto fueras más… interesante. Pero no es solo eso —añadió, con los ojos brillantes—. Es el momento, Marisa. Ese instante en el que enciendes el cigarrillo, das la primera calada y sientes que el mundo se ralentiza. Es como si todo lo demás desapareciera: los exámenes, las prisas, los ruidos. Solo quedas tú, el humo, y esa sensación de… —buscó de nuevo las palabras— de control. De que, por un minuto, todo está exactamente donde debe estar.
Marisa la escuchó, fascinada a pesar de sí misma. Nunca había oído a nadie describir el acto de fumar con tanta pasión, con tanta intimidad. —¿Y no te da miedo engancharte? —preguntó, sin poder evitarlo.
Nerea negó con la cabeza, sonriendo. —No es un vicio, es un placer —dijo, con convicción—. Como un café, como un vino bueno. No me preocupa engancharme porque no quiero prescindir de esta satisfacción. —Dio otra calada, esta vez más corta, y el humo se enredó en el aire frío del otoño—. Además, hay algo en el gesto… —levantó la mano, mostrando el cigarrillo entre los dedos, la postura relajada, la elegancia del movimiento—. Es como si, al fumar, te convirtieras en alguien más. Alguien con estilo, con misterio. Como las actrices de las películas antiguas.
Marisa sintió un pinchazo de incomodidad, pero también de fascinación. No era solo el tabaco. Era la forma en que Nerea lo vivía, como si cada calada fuera un acto de afirmación, de placer consciente. Tuvo que reconocer que Nerea se veía distinta fumando, aunque se cuidó de decirlo en voz alta.
—Vale, pero no hace falta fumar para ser interesante —replicó Marisa, aunque sin convicción.
Nerea no discutió. Solo dio otra calada, disfrutando del gesto. —Quizás no —dijo, con una sonrisa—. Pero es divertido. Y relaja. —Miró a Marisa con curiosidad—. ¿Nunca lo has probado?
Marisa negó con la cabeza. —No me atrae.
—Bueno, si algún día cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme —dijo Nerea, guiñando un ojo—. Aunque no lo creo. Tú eres de las que se resisten hasta el final.
Marisa sonrió, aunque el comentario le dejó un regusto amargo. Se despidieron y, mientras se alejaban, Saulo la miró con curiosidad. —¿En serio en el Eduvigis os animan a fumar?
Marisa suspiró. —No es que nos obliguen. Pero… es complicado. Hay algo en el ambiente, en cómo lo presentan. Como si fuera un gesto de sofisticación, de madurez. Y si no fumas, a veces te sientes… fuera de lugar.
Saulo frunció el ceño, pensativo. —Suena raro. Como un club secreto.
—Algo así —admitió Marisa—. Aunque no es solo eso. Hay muchas cosas buenas. Pero sí, el tema del tabaco es… peculiar.
Saulo la miró con una sonrisa traviesa. —Pues tendré que verlo con mis propios ojos. ¿Por qué no me llevas un día a estudiar a la biblioteca del Eduvigis? Quiero conocer ese mundo de pitilleras y protocolos.
Marisa rio, aunque en el fondo sabía que Saulo se llevaría una sorpresa. El Eduvigis no era solo un colegio mayor. Era un escenario donde cada gesto, incluso el de encender un cigarrillo, parecía tener un significado oculto.
—Trato hecho —dijo Marisa—. Pero no te quejes si sales de allí queriendo fumar.
Saulo se rio, pasándole un brazo por los hombros. —Con tal de verte, hasta me fumaría un puro.
Y mientras caminaban hacia la facultad, Marisa no pudo evitar preguntarse si, al final, el Eduvigis terminaría cambiando también a Saulo. O si, por el contrario, él sería el recordatorio de que no todo en la vida necesitaba humo para ser memorable. Pero, sobre todo, no podía sacar de la cabeza la imagen de Nerea, con el cigarrillo entre los dedos, la cabeza ligeramente inclinada, el humo dibujando espirales en el aire, y esa sonrisa que decía: “Esto es mío. Y lo elijo”.
La visita de Saulo al Eduvigis
El edificio del Colegio Mayor Eduvigis Soriano se alzaba al final de una calle arbolada, con su fachada de piedra clara y ventanas altas que reflejaban la luz dorada de la tarde. Saulo, que nunca había estado allí, se detuvo un instante frente a la puerta de madera tallada, observando el escudo del colegio grabado en el dintel.
—¿Seguro que puedo entrar? —preguntó, medio en broma, mientras Marisa empujaba la puerta con naturalidad.
—Claro —respondió ella, sonriendo—. Aunque te advierto: aquí todo es un poco… distinto.
Saulo asintió, siguiendo sus pasos. Nada más cruzar el umbral, el olor a madera pulida, cera y un leve aroma a tabaco lo envolvió. El vestíbulo era amplio, con suelos de mármol, mobiliario antiguo y un retrato al óleo de Eduvigis Soriano, la fundadora, que parecía observarlos con severidad benévola desde la pared. A un lado, una mesa con un jarrón de flores frescas y, sobre ella, una pitillera de plata con cigarrillos dispuestos con precisión militar.
—¿Esto es normal? —susurró Saulo, señalando la pitillera.
Marisa asintió, acostumbrada. —Las salitas de estudio y los pasillos siempre tienen. Es… parte del ambiente.
Saulo no respondió, pero sus ojos recorrieron el espacio con curiosidad, como si estuviera entrando en un museo viviente.
La biblioteca
La biblioteca del Eduvigis era una sala amplia, con estanterías de madera oscura que llegaban hasta el techo, escaleras móviles para alcanzar los libros más altos y mesas dispuestas en hileras simétricas. La luz entraba tamizada por las amplias ventanas, creando un ambiente de concentración laboriosa. En las mesas, algunas estudiantes estudiaban en silencio; otras, sentadas en butacas junto a las ventanas, leían.
Tras una hora de estudio, Marisa propuso un descanso. Salieron de la biblioteca y se sentaron cerca de un ventanal, en el salón principal. Saulo no pudo evitar fijarse en los detalles: los ceniceros de cristal en cada mesa, las pitilleras de latón con cigarrillos de distintas marcas, el modo en que las chicas encendían y apagaban sus cigarrillos con gestos que parecían ensayados. Una de ellas, sentada frente a ellos, sostenía un pitillo entre los dedos con una elegancia que le recordó a las actrices de cine clásico.
—¿Todo el mundo fuma aquí? —preguntó en voz baja, mientras cogía de la mano a Marisa.
—No todo el mundo —respondió Marisa, también en voz baja—. Pero muchas sí, la mayoría. Es… casi marca de la casa.
Saulo asintió, observando cómo una chica de pelo oscuro que por su aspecto Saulo nunca hubiera pensado que era fumadora, encendía un cigarrillo con un mechero de metal plateado, inhalaba con calma y dejaba escapar el humo en un suspiro lento, como si cada calada fuera una pausa necesaria en las obligaciones de una estudiante.
Más tarde salieron al patio interior del colegio, un espacio cuadrado con bancos de piedra, macetas de geranios y una fuente central. Algunas estudiantes paseaban charlando; otras, sentadas en los bancos, fumaban y reían en voz baja. El aire olía a jazmín y a tabaco rubio.
Saulo respiró hondo, como si necesitara oxigenarse después de la atmósfera humosa del salón. —Esto es… —buscó la palabra— surrealista.
Marisa rio. —¿Por qué?
—No sé —admitió, mirando a su alrededor—. Es como si estuviéramos en los años cincuenta. Pero con móviles.
Marisa siguió su mirada. En un banco cercano, dos chicas compartían un paquete de Gauloises rubio, encendiendo sus cigarrillos con gestos sincronizados, como si fuera parte de una coreografía. Otra, sentada junto a la fuente, sostenía un cigarrillo entre los dedos mientras leía un libro, el humo mezclándose con el vapor de su infusión.
—¿Y no te da curiosidad? —preguntó Saulo, señalando con discreción a las fumadoras.
Marisa negó con la cabeza. —No especialmente. Pero entiendo por qué a algunas les gusta. Es… —hizo una pausa— un gesto. Algo que las hace sentir más adultas, más seguras.
Saulo asintió, aunque no del todo convencido. —O menos presionadas.
Marisa lo miró, sorprendida. —¿Presionadas?
—Claro —respondió él—. Si todo el mundo lo hace, y encima lo presentan como algo elegante, sofisticado… ¿no es una forma de presión?
Marisa reflexionó un instante. —Tal vez —admitió—. Pero aquí nadie obliga. Es una elección.
Saulo no respondió. En ese momento, una monja de rostro amable y hábito moderno se acercó a ellos con una sonrisa. —Marisa, ¿no vas a presentarme a tu amigo?
Marisa se sonrojó levemente. —Sor Elisenda, este es Saulo. Estudia Filología.
La hermana Elisenda extendió la mano con calidez. —Encantada, Saulo. Marisa nos ha hablado de ti.
Saulo la saludó, algo cohibido. —Un placer, hermana.
La monja lo observó con atención, con una mirada que parecía evaluarlo sin prisa. —¿Y qué opinas de nuestro colegio, Saulo? —preguntó, con un tono que mezclaba curiosidad y amabilidad.
Saulo miró a su alrededor, buscando las palabras. —Es… impresionante. Muy distinto a mi residencia.
La hermana Elisenda sonrió, como si esa respuesta le bastara. —Marisa es una chica brillante —dijo, con un gesto que parecía aprobar la elección de su alumna—. Espero que la trates como se merece.
Saulo asintió, sincero. —Eso intento, hermana.
La monja asintió, satisfecha, y se despidió con un gesto amable. Cuando se alejó, Saulo miró a Marisa con una ceja arqueada. —¿Acabo de pasar un examen?
Marisa rio. —Más o menos. Pero has aprobado.
La charla de la monitora
Mientras volvían a la biblioteca, una voz los llamó desde el salón contiguo. —¡Marisa! ¡Las nuevas, a la sala de estilo!
Marisa miró a Saulo con disculpa. —Es una charla. ¿Te importa venir?
Saulo asintió, intrigado, y la siguió.
En la sala de estilo, un espacio luminoso con espejos y percheros, Casilda Buendía, la monitora de protocolo, esperaba de pie junto a una mesa con folletos y una pitillera de cristal. Las alumnas nuevas —Marisa, Montse, Loreto, Berenice y otras cinco— se sentaron en semicírculo. Saulo se en una silla apartada del resto, junto a la puerta, observando, a la expectativa de si le invitarían a abandonar la sala o le permitirían asistir a la reunión.
—Chicas —empezó Casilda, con su voz pausada y elegante—, hoy vamos a hablar de algo fundamental: el cuidado del cuerpo. No se trata de estar delgadas, sino de mantener una postura armoniosa, un movimiento elástico, una presencia que hable por nosotras.
Saulo escuchó con curiosidad mientras Casilda hablaba de la importancia del ejercicio: andar en bicicleta, patinar, natación, baile. —Estos deportes —explicó— no solo mantienen el cuerpo en forma, sino que mejoran la postura, la elegancia del gesto. Una mujer que se mueve con armonía transmite seguridad.
Una de las chicas, Alicia, levantó la mano. —¿Y el atletismo o el fútbol? —preguntó—. También son deportes.
Casilda sonrió. —Por supuesto, son excelentes. Pero conviene complementarlos con actividades que trabajen la gracia, la fluidez. No se trata solo de correr, sino de cómo corres.
Otra chica, Elena, frunció el ceño. —¿Y fumar? —preguntó—. Es incompatible con el deporte, ¿no?
Casilda no se inmutó. —En absoluto —respondió, con naturalidad—. Fumar, con moderación, es un placer que muchas mujeres físicamente activas disfrutan. No es un obstáculo, sino una elección. Lo importante es el equilibrio: moverse con elegancia, disfrutar de la vida sin excesos.
Saulo miró a Marisa, que escuchaba con atención. En sus ojos vio una mezcla de escepticismo y fascinación, como si, a pesar de todo, el Eduvigis siguiera sorprendiéndola.
Al salir
Cuando terminaron de estudiar, Saulo y Marisa salieron del colegio mayor. El aire fresco de la tarde los recibió, alejándolos del ambiente cargado de humo y elegancia medida.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Marisa, mientras caminaban hacia la parada del autobús.
Saulo reflexionó un instante. —Fascinante —admitió—. Pero también… inquietante.
—¿Por qué?
—Porque aquí todo parece tener un significado oculto —respondió—. Hasta fumar o hacer deporte. Como si cada gesto fuera una declaración.
Marisa asintió, pensativa. —Supongo que es parte de lo que nos enseñan: que todo comunica. Incluso los silencios.
Saulo la miró, con una sonrisa que mezclaba admiración y preocupación. —Pues ojalá no olvides que también está bien no comunicar nada. A veces, lo más elegante es simplemente… ser.
Marisa lo miró, sorprendida por la profundidad de sus palabras. Saulo tenía razón: en el Eduvigis, cada gesto parecía contar. Pero, tal vez, lo más difícil —y lo más valioso— era aprender a vivir sin que cada paso tuviera que ser un mensaje. Sin que cada calada, cada postura, cada palabra, tuviera que ser perfecta.
Y, por primera vez, se preguntó si, al final, la verdadera elegancia no estaría en saber cuándo dejar de actuar. Cuándo, simplemente, ser.
La cena en el Eduvigis
Un par de semanas más tarde, Saulo regresó al Eduvigis a una sesión de estudio con Marisa. Cuando terminaron de estudiar, Marisa invitó a Saulo a quedarse a cenar. “Hoy toca vino”, le advirtió Loreto con una sonrisa pícara mientras recogían sus cosas. “Los martes y jueves. Es como una tradición sagrada”. Saulo, intrigado, aceptó sin pensarlo dos veces.
El comedor del Eduvigis era una sala amplia, con mesas largas cubiertas por manteles de lino blanco, vajilla de porcelana y copas de cristal que brillaban bajo la luz tenue de las lámparas de araña. Las alumnas, vestidas con elegancia discreta —blusas de algodón, faldas midis, pantalones de corte impecable—, charlaban en voz baja mientras esperaban a que sirvieran la cena. El ambiente olía a pan recién horneado, especias y, por supuesto, a tabaco, aunque en el comedor no se permitía fumar.
Saulo se sentó junto a Marisa, Montse y Loreto, observando con curiosidad cómo las estudiantes de turno —vestidas con delantales negros sobre sus ropas— servían los platos con precisión: una ensalada de endibias con nueces, seguido de un solomillo al vino tinto con puré de patata trufado. El vino, un Rioja joven, se servía en copas que brillaban como joyas.
—¿Esto es normal? —susurró Saulo a Marisa, mientras una compañera le llenaba la copa con un gesto fluido.
—Los martes y jueves, sí —respondió ella, sonriendo—. El resto de los días es más sencillo, pero siempre con mantel.
Saulo probó el vino, sorprendido por su calidad. —No es lo que esperaba de un comedor universitario —confesó.
Montse rio. —Aquí nada es lo que esperas. Ni siquiera nosotras.
Loreto asintió, sirviéndose más ensalada. —Pero no te dejes engañar —advirtió, mirando a Saulo con complicidad—. Esto no es ser pijas. Es… otra cosa.
Saulo observó a las chicas a su alrededor. Efectivamente, no eran las típicas “pijas” de manual: no llevaban logos llamativos ni joyas ostentosas. Su elegancia era más sutil, más personal. Una mezcla de clasicismo y rebeldía: blusas de seda con chaquetas de cuero, faldas plisadas con botas militares, collares de plata oxidada junto a relojes vintage. Era un estilo que no seguía las reglas de la moda convencional, sino que las reinterpretaba.
—¿Y no os parece… excesivo? —preguntó Saulo, señalando con discreción el mantel, las copas, el servicio impecable.
Marisa negó con la cabeza. —No es excesivo. Es… intencional. Aquí todo tiene un propósito. Hasta la forma de doblar la servilleta.
Saulo asintió, fascinado. Mientras cenaban, las conversaciones fluían con naturalidad: se hablaba de clases, de planes para el fin de semana, de un concierto en la ciudad. Nadie alzó la voz, nadie pareció forzada. Era una formalidad cálida, una festividad cotidiana.
Después de la cena
Cuando terminaron, las alumnas de turno —entre ellas Marisa— se levantaron para recoger los platos y preparar el salón para el café y las infusiones. Saulo, Montse y Loreto pasaron al gran salón común de la planta baja, un espacio amplio con sofás de terciopelo, lámparas de pie y mesas bajas donde ya había varias chicas sentadas, algunas con tazas de té, otras con copas de licor, y casi todas con un cigarrillo entre los dedos.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó Loreto, señalando hacia una mesa donde había una tetera humeante y varias botellas.
—Un té, gracias —respondió Saulo, aún sorprendido por la naturalidad con que Montse se movía en aquel entorno.
Mientras Loreto servía el té, Montse encendió un cigarrillo y se recostó en el sofá con un suspiro. —Esto es lo mejor de cenar los martes —dijo, exhalando el humo con lentitud—. Después del vino, un cigarrillo sabe a gloria.
Saulo observó cómo las chicas a su alrededor encendían sus cigarrillos con gestos que parecían coreografiados: una sostenía un Fortuna light entre los dedos, inhalando con una elegancia que recordaba a las actrices de los años 60; otra, sentada junto a la ventana, fumaba un purito Vega Fina Midi con una serenidad que parecía sacada de otra época.
—¿No os parece raro? —preguntó Saulo, aceptando la taza de té que le tendía Montse—. Que en pleno 2025, en un colegio mayor, fumar sea casi parte de un protocolo.
Loreto se encogió de hombros. —Aquí no es un vicio. Es un gesto. Como tomar el té o cruzar las piernas de cierta manera.
Montse asintió, dando una calada a su cigarrillo. —Además, no es obligatorio. Pero… —hizo una pausa, sonriendo— es un aliciente.
Saulo no respondió. En ese momento, una chica de pelo oscuro y sonrisa fácil —Alicia, recordó que se llamaba— se acercó a ellos. —¿Sois los amigos de Marisa? —preguntó, con un tono que mezclaba curiosidad y coqueteo.
—Soy Saulo —respondió él, levantándose medio del sofá—. Encantado.
Alicia lo miró con interés, apoyándose en el respaldo del sofá con un gesto que parecía estudiado. —Marisa nos ha hablado de ti —dijo, con una sonrisa que dejaba claro que no era la única que había preguntado por él—. ¿Qué tal la cena?
—Impresionante —admitió Saulo, sincero—. No es lo que esperaba.
Alicia rio, encendiendo un cigarrillo con un mechero de plata de sobremesa. —Aquí nada es lo que esperas —repitió, como si fuera un lema—. Pero en el buen sentido.
Saulo asintió, sintiéndose observado no solo por Alicia, sino por otras chicas del salón, que lo miraban con curiosidad desde sus grupos. No era un juicio, sino interés: el novio de Marisa, una persona que no era del Eduvigis que había entrado en su mundo por un día.
La llegada de Marisa
Media hora más tarde, Marisa apareció en el salón, con el delantal aún puesto y el pelo algo despeinado. —¡Por fin! —exclamó, sentándose junto a Saulo—. Menos mal que hoy éramos muchas recogiendo. Si no, me pierdo la mejor parte.
—¿La mejor parte? —preguntó Saulo, pasándole un brazo por los hombros.
Marisa señaló con la cabeza hacia las chicas del salón, algunas ya tazas de infusiones, otras con cigarrillos, todas charlando en voz baja. —Esto —dijo, sonriendo—. El momento en que el Eduvigis se relaja. Cuando dejamos de ser estudiantes y nos convertimos en… lo que sea que seamos aquí.
Saulo la miró, fascinado. No era solo el lugar, ni las costumbres, ni siquiera el humo que flotaba en el aire. Era la sensación de que, en aquel salón, todas —incluida Marisa— eran versiones más seguras, más elegantes, más consientes de sí mismas. Como si el Eduvigis no les hubiera impuesto un molde, sino que les hubiera dado herramientas para tallarse a su medida.
—¿Y tú? —preguntó Saulo, bajando la voz—. ¿Te sientes parte de esto?
Marisa lo miró, pensativa. —Cada vez más —admitió—. Aunque al principio me resistía. Pero hay algo en… —hizo un gesto vago hacia el salón, hacia las chicas, hacia el humo que se enredaba en la luz de las lámparas— en saber que cada una, cada manera de estar en el mundo cuenta. Que puedes elegir cómo quieres que te vean.
Saulo asintió, aunque en el fondo seguía sin estar del todo seguro. Para él, la elegancia no debería depender de un cigarrillo ni de un mantel impecable. Pero entendía por qué, para ellas, era importante. Porque, al final, el Eduvigis no les enseñaba solo a fumar o a cenar con estilo. Les enseñaba a ocupar un espacio en el mundo con seguridad. Y eso, pensó, era algo que ni el mejor de los colegios mayores podía regalar.
La despedida
Cuando Saulo se levantó para irse —tenía un buen paseo hasta su residencia—, Montse y Loreto se despidieron de él con sonrisas cómplices. —Vuelve cuando quieras —dijo Montse, con un guiño—. Aunque aviso: si te quedas mucho, igual acabas pidiendo un cigarrillo.
Saulo rio, negando con la cabeza. —No creo. Pero gracias por todo.
Loreto lo acompañó hasta la puerta, donde le tendió la mano con formalidad exagerada. —Ha sido un placer, Saulo.
Él se rio, estrechándosela. —Igualmente. Aunque sigo sin entender del todo este lugar.
Loreto sonrió, misteriosa. —Eso es porque aún no has visto lo mejor.
Saulo se despidió de Marisa con un beso rápido en los labios. —Nos vemos mañana —dijo, sonriendo—. Aunque no sé si podré mirar un mantel sin acordarme de hoy.
Marisa rio, abrazándolo. —Eso es porque ya eres un poco del Eduvigis.
Y mientras Saulo caminaba hacia la parada del autobús, con el olor a jazmín y tabaco aún en la ropa, no pudo evitar sonreír. Porque, aunque no lo entendiera del todo, algo en aquel lugar —en sus reglas no escritas, en sus rituales, en la forma en que sus chicas ocupaban el mundo— le había llegado. Y eso, pensó, era más peligroso que cualquier cigarrillo.
El Eduvigis según Saulo
Al día siguiente, en el patio de la facultad de Filología, Saulo se encontró con Max, su amigo de siempre, sentado en un banco bajo el sol de mediodía, con una lata de refresco en la mano y una sonrisa de “cuéntame algo bueno”.
—¿Y bien? —preguntó Max, sin preámbulos—. ¿Cómo fue tu aventura en el colegio mayor de las diosas?
Saulo se sentó a su lado, sacando su botella de agua. —No son diosas —aclaró, riendo—. Pero sí que es un sitio… diferente.
Max arqueó las cejas, intrigado. —Diferente ¿en qué? ¿Tienen piscina con champán o qué?
—No, idiota —Saulo le dio un codazo—. Es más sutil. Te lo explico: llegas y el vestíbulo huele a madera vieja y a jazmín. Hay cuadros, lámparas de cristal, y en cada mesa de las salitas, una pitillera con cigarrillos como si fueran caramelos. Pero lo más raro es el ambiente. No es un colegio mayor normal.
Max se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. —Vale, suena a hotel de lujo. Pero dime de las chicas. ¿Son como en las películas?
Saulo reflexionó un instante. —Depende de la película —dijo—. No son las típicas pijas de la Residencia San Isidro, que van con bolsos de marca y miran por encima del hombro. Estas tienen estilo, pero es… otro rollo. Llevan faldas midis con botas, blusas de seda con cazadoras, collares que parecen heredados. Y lo más raro: son amables. Como, de verdad. No te tratan como si fueras un intruso.
Max soltó una carcajada. —¿Amables y fumadoras? ¿No es contradictorio?
—En este caso no —Saulo negó con la cabeza—. Allí fumar no es un vicio o un desafío, es un acto de disfrute. Lo hacen con una elegancia que flipas. Como si cada calada fuera una frase bien dichas. Y no es solo eso: cenan con mantel, copas de vino, platos que parecen de restaurante. Pero luego se ríen, te preguntan cosas, te tratan como a uno más. Es raro.
Max lo miró con escepticismo. —Vale, pero ¿no será todo postureo? Quiero decir, ¿no son un poco falsas?
Saulo se encogió de hombros. —No lo parece. O al menos no más que cualquiera. Lo que pasa es que allí todo tiene un porqué. Hasta la forma de doblar la servilleta.
Max se rio, incrédulo. —Joder, suena a secta de lujo. Pero en plan bueno.
—Algo así —admitió Saulo—. Aunque no es una secta. Es más como… un club donde te enseñan a moverte en el mundo con estilo. Sin ser una pija, sin ser una hippie. Algo intermedio.
Max lo miró con curiosidad. —¿Y Marisa? ¿Ella también fuma ya?
—No —Saulo sonrió—. Se resiste, como Lorena y Berenice. Pero entiende el rollo. Dice que es como aprender un idioma nuevo.
Max asintió, pensativo. —Bueno, si es un idioma, yo quiero aprenderlo. O al menos probar la cena con vino.
Saulo se rio. —Te aviso: si vas, la hermana Elisenda te hará un tercer grado. Y no es fácil impresionar a una monja.
Max se cruzó de brazos, desafiante. —Pues malo será que no supere el examen. Además, si me echara una novia del Eduvigis, mi vida social daría un giro épico.
Saulo lo miró con escepticismo. —¿Y qué tal si no te gusta el ambiente?
Max se encogió de hombros. —Pues me como la cena, me fumo un cigarrillo de postura —hizo el gesto de sostener uno entre los dedos, imitando a las chicas del Eduvigis— y me largo. Pero al menos lo habré vivido.
Saulo rio, sacudiendo la cabeza. —Eres increíble.
—Y tú tienes suerte —replicó Max—. Oye, en serio: ¿crees que tienen algún filtro para entrar? Quiero decir, ¿descartan a las feas o a las antipáticas?
Saulo reflexionó. —No lo sé. Pero no creo que sea por guapura. Es más por actitud o cierta calidad humana. Allí valoran que seas interesante, que tengas algo que aportar. No es un concurso de belleza, es… un casting para un club de personas con estilo.
Max asintió, como si eso tuviera sentido. —Bueno, pues si es por actitud, yo tengo —dijo, levantando la lata de refresco en un brindis irónico—. Soy el rey de la actitud.
Saulo se rio. —Claro. Pero te aviso: las del Eduvigis no son como las de la Residencia San Isidro, las pijas de verdad —explicó Saulo—. Las que van con ropa de marca cara, que beben gin-tonic como si fuera agua, que miran mal a quien no lleva sus mismos zapatos. Son elegantes, sí, pero de manual. Las del Eduvigis son… distintas. Más guapas, en general. Más fumadoras, menos bebedoras. Y no sé, tienen algo que no es solo dinero. Es como si supieran secretos que las demás no.
Max silbó, impresionado. —Joder, ahora me han entrado más ganas de ir. Suena a que en el Eduvigis hay chicas con misterio.
Saulo asintió, sonriendo. —Eso es. Misterio y cigarrillos.
Max se recostó en el banco, mirando al cielo como si imaginara su futuro en el colegio mayor. —Pues dile a Marisa que me consiga una invitación. Aunque sea para recoger platos. Total, si me toca limpiar ceniceros, al menos aprenderé a hacerlo con clase.
Saulo se rio, levantándose. —Te lo diré. Pero no me eches la culpa si acabas enamorándote hasta del mantel.
Max le lanzó la lata vacía, riendo. —¡Que sea del vino, coño!
Juana Pousa y el placer inesperado
Marisa salía de la biblioteca del Eduvigis una tarde fría de octubre, con los apuntes bajo el brazo y la mente aún enredada en un caso de Derecho Romano. Al doblar la esquina hacia el salón principal, vio a Juana Pousa sentada en una de las butacas junto a la ventana, en compañía de Yocasta Loureiro, la monitora de arte. Entre ambas, sobre la mesa baja, una pitillera de plata abierta exhibía cigarrillos Fortuna y Ducados. Juana, con su pelo castaño recogido en un moño desordenado y una blusa de lino color crema, sostenía un cigarrillo entre los dedos con una naturalidad que sorprendió a Marisa. No era el gesto torpe de quien fuma por quedar bien, ni la afectación de quien quiere impresionar. Era algo más orgánico: Juana inhalaba con calma, como si cada calada fuera un suspiro necesario, y el humo salía de sus labios en un hilo delgado y pausado, disolviéndose en el aire con la misma serenidad con que ella hablaba. Su expresión no era de vicio, sino de placer: los ojos entrecerrados levemente, la espalda recta pero relajada, los dedos sosteniendo el cigarrillo con una elegancia espontanea. A su lado, Yocasta escuchaba con atención, con un cigarrillo propio entre los dedos, mientras la hermana Teodora —una de las monjas más serias del colegio— pasaba por allí sin inmutarse, como si aquella escena fuera la cosa más normal del mundo.
Marisa se detuvo un instante, observando. Juana Pousa era una de las veteranas a las que más admiraba: inteligente, serena, con una ironía sutil y una capacidad de escucha que la hacía especial. Siempre había pensado que era de las pocas que no fumaban, que se mantenía al margen de ese hábito tan Eduvigis. Verla ahora, con el cigarrillo entre los dedos y esa expresión de satisfacción tranquila, le produjo una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Más tarde, mientras Marisa revisaba unos apuntes en el salón de estudio, Juana se acercó a su mesa con una sonrisa.
—¿Te ha sorprendido verme fumar? —preguntó, sentándose frente a ella con naturalidad.
Marisa cerró el cuaderno, sonriendo. —Un poco —admitió—. Pensaba que no fumabas.
Juana rio. —Fumo poco —aclaró- Pero es imposible vivir en el Eduvigis y no descubrir… —hizo una pausa, buscando las palabras— este vicio placentero.
Marisa la observó, fascinada. Juana no fumaba como las demás: no lo había convertido en un hábito ni en parte de su utina cotidiana, pero aun así fumaba ocasionalmente y aparentemente no estaba enganchada.
—¿Cómo empezaste? —preguntó, sin poder evitarlo.
Juana hizo memoria, con una sonrisa nostálgica. —En segundo año —confesó—. Nunca pensé que sería fumadora. De hecho, me parecía absurdo. Pero una noche, después de un examen especialmente estresante, Helena Sempert me ofreció un cigarrillo. “Prueba —me dijo—. No para engancharte, sino para saber qué se siente”. —Juana hizo una pausa, recordando—. Y lo probé. No me gustó al principio, pero… —sus ojos brillaron con diversión— había algo en el gesto. En la pausa. En cómo, de repente, el mundo parecía ralentizarse un segundo. Como si, al fumar, todo lo demás —los nervios, las prisas, las expectativas— quedara en suspenso.
Marisa escuchaba, hipnotizada. No era la típica defensa del tabaco que había oído antes. Juana no hablaba de estilo, ni de sofisticación, ni de rebeldía. Hablaba de placer. —¿Y no te dio miedo engancharte? —preguntó, bajando la voz.
Juana negó con la cabeza. —No es un miedo que me quite el sueño —respondió, con calma—. Porque no fumo por necesidad, sino por elección. Hay días que no enciendo ni uno. Otros, como hoy, en que un cigarrillo es… —buscó la palabra— un complemento. Como un café o un capricho. Algo que disfrutas cuando decides, no algo que te domina. De momento soy capaz de manejarlo así.
Marisa asintió, reflexionando. Juana no era como las demás: no fumaba para encajar, ni para impresionar, ni siquiera por el ritual social. Lo hacía porque, en algún momento, había descubierto que le gustaba. Que le aportaba algo. Y sin embargo parecía mantenerlo bajo control. —¿Y la hermana Teodora no dice nada? —preguntó, señalando con discreción hacia donde la monja había pasado antes.
Juana rio. —La hermana Teodora sabe que aquí no se trata de vicios, sino de elecciones —dijo, con un guiño—. Y una elección consciente, Marisa, nunca es un pecado.